Nuestro Lenin. Por Gonzalo Ossandón Véliz

 

A próposito del centenario del triunfo de la Revolución Bolchevique.

A próposito de la publicación del libro «¿Qué Hacer?» por la Editorial Popular La Pajarilla.

 

Vladimir Ilich vió por primera vez el sol un 22 de abril de 1870 en la paupérrima ciudad de Simbirsk a orillas del Volga. De familia numerosa, ocupó el cuarto lugar de los seis hermanos que la integraban. Su padre se desempeñó como inspector de enseñanza primaria, lo que le permitió conocer en detalle las condiciones miserables de vida que asolaban al campesinado ruso, es por ello que estaba profundamente sintonizado con las ideas democrático-revolucionarias de su época. La madre, que gustaba de las artes y la música fue la encargada de la formación escolar de sus hijos.

Criado en ese ambiente, prematuramente se destacó por ser metódico y estudioso, asiduo a las lecturas prohibidas y al ajedrez forjó su pre-adolescencia en un contexto de brutal represión absolutista y en donde la lectura de los autores democráticos era considerada un delito.

Cuando estaba a un mes y medio de celebrar sus 17 años, un grupo de jóvenes anarquistas atenta contra la vida del zar Alejandro III. Lamentablemente dicha acción no alcanzó a cumplir su objetivo y los responsables fueron encarcelados. Entre los involucrados que fueron condenados a muerte figuraba Alexander Uliánov -hermano mayor de Lenin y culpable de haberle presentado e incentivado a leer El Capital de Marx- quien fue ahorcado por su osadía.

La familia devastada no solo por la muerte del primogénito sino también -meses después- por la del padre, tuvo que trasladarse hasta la aldea de Kokuchkino en las cercanías de Kazán, ciudad en donde inició sus estudios de derecho y donde participó en las protestas contra el régimen autocrático.

Una vez que fue expulsado de la Universidad, se dedicó por completo al estudio riguroso de las obras de Marx leyéndolas directamente del alemán. En 1889 la familia nuevamente se ve obligada a trasladarse, ahora a la provincia de Samara, en donde después de mucha insistencia consigue continuar con sus estudios en leyes, lo que le permite graduarse tres años más tarde con destacadas calificaciones. Es así como empezó a ejercer la abogacía entre campesinos y artesanos pobres.

Carente de elegancias y cortesías, sencillo y practicante de una certera puntualidad. Su anatomía se caracterizaba por su estatura mediana, de pera y bigote, de calvicie prematura y de rasgos mongoles; sus pómulos generosos y sus ojos entrecerrados le facilitaban su distinguida mirada alegre. De hecho, un periodista británico de la época -del Manchester Guardian-, precisamente le llamó la atención esta característica de él: “(…) respira alegría: cada arruga suya ha sido trazada por la risa, no por la preocupación.”[1]

Hombre feliz, líder bolchevique, personaje histórico, revolucionario universal, son algunos de los adjetivos calificativos empleados por el peruano José Carlos Mariátegui para referirse al ruso, quien además aseguraba que poseía una voluntad poderosa y “(…) una facultad asombrosa para percibir hondamente el curso de la historia y para adaptar a él la actividad revolucionaria”.[2]

Organizador incansable, participó en la creación de bibliotecas, programas de estudio y cooperativas de ayuda, periódicos y revistas entre las que destaca La Chispa (Iskra) –la que nace junto al siglo XX- y La Verdad (Pravda), diario obrero que aparece el año doce del nuevo siglo.

A inicios del 1919 convoca a una nueva Internacional: “Lenin ha sostenido un duelo resonante con los teóricos de la Segunda Internacional: Kautsky, Bauer, Turati (…) Lenin es el caudillo de la Tercera Internacional. El socialismo, como se sabe, está dividido en dos grupos: Tercera Internacional y Segunda Internacional. Internacional bolchevique y revolucionaria e Internacional menchevique y reformista.”[3]

Mariátegui realizó un certero relato histórico sobre el desarrollo de las distintas Internacionales y el rol que éstas cumplieron en la organización del proletariado mundial en un breve artículo titulado “Zinoviev y la Tercera Internacional”. En dicho escrito, entre otras cosas, señala que: “La Segunda Internacional está totalmente saturada de preocupaciones democráticas. Corresponde a una época de apogeo del parlamento y del sufragio universal. El método revolucionario le es absolutamente extraño.”[4] Es por ello que culmina definiendo que “(…) la Segunda Internacional fue una máquina de organización y que la Tercera Internacional es una máquina de combate”[5]    

Podríamos entonces aseverar con total seguridad que todas aquellas instancias que impulsó Lenin contenían en sus entrañas el espíritu revolucionario y la consciente necesidad de contribuir a la formación de cuadros obreros, propagandistas y a organizadores de revoluciones. Pese de haber escrito un montón de libros, no es un teórico. Es más bien un realizador.

Su posición ante la primera Guerra Mundial, es otro aspecto a destacar de quién ha sido catalogado –con modestia aparte- como uno de los más geniales de su época[6]. En el Congreso de Stuttgart, Lenin junto a Rosa Luxemburgo plantearon que el proletariado mundial debe por todos los medios impedir la guerra, y a la vez hacer uso de todas sus fuerzas para que la crisis que se desate de ésta se convierta en favorable para el desarrollo de la revolución: Transformar la guerra imperialista en guerra civil. La guerra no era más que una lucha por los mercados entre potencias burguesas e imperialistas, no es la lucha de los explotados. Y cual fuese su resultado, sólo hambre y miseria contribuiría a la clase obrera.

Pese a este escenario bélico, una vez más Lenin revitaliza las fuerzas revolucionarias mundiales al escribir su célebre obra El Imperialismo, fase superior del Capitalismo. En donde, entre otras cosas, reivindica la alternativa revolucionaria en Rusia empleando dialécticamente para argumentar aquello las categorías de análisis postuladas por Marx. A pesar de que testas más dogmáticas de su época realizaran una lectura e interpretación más manualizada y calcada de lo propuesto por el maestro alemán de frondosa barba.

Esta actitud iconoclasta e irreverente es advertida por el sardo Antonio Gramsci a días de iniciar el 1918, al aseverar que el triunfo de la revolución bolchevique: “(…) Es la Revolución contra El Capital, de Carlos Marx. El Capital, de Marx, era en Rusia el libro de los burgueses más que el de los proletarios. Era la demostración crítica de la fatal necesidad de que en Rusia se formara una burguesía, empezara una Era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera pensar siquiera en su ofensiva, en sus reivindicaciones de clase, en su revolución. Los hechos han superado las ideologías.” [7]

Y cómo no. Si Lenin –junto al pueblo ruso- se atreve a la osadía, despojándose de los dogmatismos cuasireligiosos y encuentra en Marx, lo que otros también descubrieron después; el método dialéctico del materialismo histórico que propone una praxis revolucionaria: “Su dialéctica es una dialéctica de combate, sin elegancia, sin retórica, sin ornamento. No es la dialéctica universitaria de un catedrático sino la dialéctica desnuda de un político revolucionario.”[8] Es como si hubiese hecho caso a la sugerencia realizada por el Amauta Mariátegui muchos años después de la muerte de Lenin: “La herejía es indispensable para comprobar la salud del dogma”[9]

Hombre de pensamiento y acción lo definía el sardo: “Lenin ha consagrado toda su vida a la causa del proletariado: su aportación al desarrollo de la organización y a la difusión de las ideas socialistas en Rusia es inmensa. (…) su fuerza está en su carácter moral; la popularidad de que goza entre las masas obreras es homenaje espontáneo a su rígida intransigencia con el régimen capitalista.”[10]

Poseedor de la virtuosa capacidad de dar realidad a su pensamiento y a su acción[11]. Y la verdad es que la historia confirma que dichas aseveraciones no exageran en lo más absoluto; a fines del siglo XIX, en lo que es considerada su primera obra El desarrollo del capitalismo en Rusia, afirma que su país semifeudal avanza decididamente hacia el capitalismo y rompiendo con toda clase de determinismos, revisionismos, economicismos y reformismos, se adelanta a sus tiempos y asume la necesidad de crear un partido revolucionario.

Es por esto que el ¿Qué hacer? es considerada una de sus más importantes obras, en ella sostiene la necesidad de crear una organización revolucionaria compuesta por cuadros profesionales, disciplinados, capaces de tomar las decisiones centralizadamente, y asumir así una actitud ofensiva en los procesos de lucha y liberación del pueblo ruso. El Príncipe moderno diría Gramsci años después desde una cárcel italiana. En otras palabras, convertirse en un solo puño de combate, inteligente y audaz, capaz de derribar cualquier tipo de imperialismo, sea este monárquico o burgués.

Hombre plenamente dueño de sí mismo y poseedor de lucidez, fue capaz de conducir al pueblo ruso a la abolición de la incipiente explotación capitalista, conquistar el poder y crear un nuevo Estado –la dictadura del proletariado- basado en los soviets, órgano de democracia obrera y campesina asociada por comunas.

Mucho nos queda a los explotados y oprimidos de todo el mundo por aprender del coraje, atrevimiento y astucia de la hazaña protagonizada por el heroico pueblo ruso que hace una centuria de distancia estremeció al mundo entero y confirmó que la felicidad plena y la liberación del yugo de la explotación capitalista no es una quimera sino más bien una necesidad que precisa convertirse en real.

¿Críticas? Claro que las hay, de no ser así no estaríamos empleando la dialéctica para comprender la historia. Lo importante es desarrollar ese ejercicio crítico y reflexivo de uno de los procesos históricos más trascendentales del siglo pasado, y hacerlo útil para las inquietudes de nuestro presente. En eso consiste nuestra provocación como Editorial Popular La Pajarilla al publicar el ¿Qué Hacer?

Pese a lo acontecido el 21 de enero de 1924, Lenin no descansa embalsamado en un mausoleo, vive inmortalmente –junto al Comandante Fidel- como patrimonio útil del proletariado mundial aquí y ahora. Creador de un método y de una praxis revolucionaria que ha inspirado a diversas generaciones en distintos tiempos y de variadas latitudes. Sigue cumpliendo hasta nuestros días, el rol histórico de ser faro inagotable de energía revolucionaria que guía a los pueblos hacia su liberación y verdadera Independencia.

Porque aquellos que reivindicamos a Marx, a Lenin, a Gramsci y a Mariátegui, entre muchos otros, lo que estamos haciendo es reivindicar la revolución de los pueblos. Su factibilidad y necesidad urge en nuestros tiempos o como Martí calificó: Ruines tiempos.

[1] Extraído del artículo “Conductor de muchedumbre y de pueblos” de José Carlos Mariátegui, publicado en la revista Variedades, el 22 de septiembre de 1923. En “Mariátegui: Política revolucionaria. Contribución a la crítica socialista. La Escena Contemporánea y otros escritos” Tomo I. Editorial El perro y la rana, 2010. Caracas, Venezuela. PP. 227.

[2] Mariátegui, JC. “Una pérdida inmensa para la Revolución”. Publicado en la revista Claridad Nº5 en marzo de 1924. En “Mariátegui: Política revolucionaria… Op. Cit. PP.230.

[3] Mariátegui, JC. “Conductor de muchedumbre y de pueblos”. Op. Cit. PP.228.

[4] Mariátegui, JC. “Zinoviev y la Tercera Internacional”. Op. Cit. PP.204.

[5] Op. Cit.

[6] Aseveración realizada por Bertrand Russell y popularizada por Mariátegui en su artículo “Ha desaparecido un inmenso personaje histórico”, publicado en la revista Variedades, el 26 de enero de 1924. En Mariátegui: Política revolucionaria. Op. Cit.

[7] Gramsci, A. “La Revolución contra “El Capital””. Artículo publicado por primera vez en la revista Il Grido del Popolo el 5 de enero de 1918. (sometido a la censura turinesa). En “Antonio Gramsci: Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán”. Ed. Siglo XXI, 5ª edición, 1980. México. PP.34.

[8] Mariátegui, JC. “Conductor de muchedumbre y de pueblos”. Op. Cit. PP.228.

[9] Mariátegui, JC. “Defensa del Marxismo. Edición de 1934 comentada”. (2015). Edición del Centro de Estudios del Pensamiento Iberoamericano (CEPIB) del Instituto de Filosofía, Universidad de Valparaíso. Chile. PP.8.

[10] Gramsci, A. “La obra de Lenin”. Artículo publicado en la revista Il Grido del Popolo el 14 de septiembre de 1918. En “Antonio Gramsci: Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán”. Ed. Siglo XXI, 5ª edición, 1980. México. PP. 52.

[11] Op. Cit. PP.53.

Gramsci, la experiencia de una lectura. Osvaldo Fernández Díaz

HAY DOS GRAMSCI
Aun hoy, cuando las ediciones de la obra Gramsci se suceden y que el conocimiento del pensador marxista italiano se ha hecho mundial, se puede decir que hay dos Gramsci. El hombre público, y el prisionero de la cárcel fascista. El primero comprende el itinerario de su vida que va desde su nacimiento en Cerdeña, su formación universitaria, intelectual y política en Torino, en donde se impregna de la cultura que emanaba de los consejos de fábrica, y se hace socialista, junto a Bordiga, participa del grupo que funda el Partido comunista italiano en el congreso de Livorno en enero de 1921. Intelectual marxista de primera línea, principal animador del Ordine nuovo, figura pública de la escena política italiana, llega a ser diputado comunista italiano y secretario general del partido. Intransigente luchador antifascista,  hasta tal punto que por eso mismo, aun siendo diputado, y pese a la inmunidad que tal cargo le otorgaba, fue encarcelado en 1926. Con esta medida Mussolini intentó lanzarlo al olvido, y silenciar a un peligroso oponente. Pero no solo se propusieron impedir que actuara políticamente, sino, como lo dijo el propio juez que lo condena, impedir que pensara. Pero paradójicamente este hombre, encarcelado y silenciado, es el Gramsci que más conocemos; el que suscitó las grandes polémicas durante los años sesenta y setenta; el Gramsci que se lee y estudia en primer lugar, el que ha influido en alternativas políticas internacionales, el que ha llegado a las aulas universitarias, y cuya obra se ha traducido a casi todos los idiomas, editándose en casi todo el mundo. Es, digámoslo nosotros, el Gramsci que se ha estudiado y estudia en universidades chilenas.
Gramsci
LOS CUADERNOS Y LA ESTRATEGIA DE UNA ESCRITURA
Una vez en la cárcel, se le permitió leer, pero se le impide escribir hasta 1929. Agobiado y ya enfermo, como una manera de escapar mentalmente a la prisión, comienza a escribir, y estudiar. Los cuadernos que comienza a llenar de notas desde que cae en la cárcel fascista, no sólo constituyen la bitácora de sus lecturas, sino también la experiencia de una estrategia de escritura que llamó “fur ewig”. La escritura de los cuadernos va a ser la escapatoria a aquella sentencia del juez fascista, que decía: «hay que impedir que este hombre piense». Si en las cartas que escribe, sobre todo las que le envía a su mujer, fueron el lugar expresar la pasión y el sentimiento y “el mal de ausencia”; los cuadernos los reserva para la razón y la crítica, transformándolos en el lugar en que se va a producir un pensamiento nuevo en materia política; un pensamiento crítico y abierto en el plano del marxismo. La expresión “fur ewig”, se refiere no sólo al grado de abstracción en que va a sostener la reflexión, sino también la libertad que va a procurar para abordar una temática que nuevamente comenzaba a cerrarse después de la muerte de Lenin, con la aparición de Cuestiones del leninismo de Stalin. El texto al que vapulea es el manual de Bujarin, pero lo que dice a propósito del ensayo popular constituye una crítica avant la lettre[1]  de la codificación estalinista que por los años treinta se estaba forjando del pensamiento de Marx y Lenin.
La obra de este segundo Gramsci tiene sus dificultades específicas que provienen de la naturaleza misma de las notas que diariamente y medida de sus lecturas iba consignando en  cuadernos escolares, durante sus años de prisión. Conforme a un plan, a medida que leía iba reflexionando sobre temas, problemas e inquietudes que surgían de esas lecturas. Por eso puede decirse que la estrategia de escritura que revelan sus notas, son también la estrategia del pensamiento que allí se estaba produciendo. En el transcurso de esta experiencia seguió un ritual preciso que consistía en releer lo escrito corregirlo y revisarlo ampliándolo, juntando las distintas reflexiones hasta aproximarse a verdaderos ensayos.
Lo otro que habría que tener en cuenta y que explica en parte el hermetismo que adquiere a ratos su lenguaje, es que tenía que burlar la vigilancia del carcelero. Cuando recién comencé a frecuentar los escritos de Gramsci me había imaginado que “burlar al carcelero” eran tácticas de precaución en vistas a una revisión ocasional que pudiera haber de sus escritos. Pero el control, en realidad fue mucho más severo, pues para ver lo que él estaba escribiendo, se le quitaban los cuadernos durante noche para que el encargado de la censura los revisara. devolviéndoselos en la mañana. O sea había una revisión o por lo menos una amenaza de revisión constante. Esto explica, en gran parte, que el lenguaje de Gramsci, sea a veces, un lenguaje elusivo, un poco complicado por su hermetismo, o por las metáforas y figuras con que disfrazaba las referencias. Pero no sólo los términos sino a veces también la misma elaboración quedaban marcados por esta continua precaución.
Pero lo más importante de todo es la forma que esta escritura, “für ewig”[2] como él mismo la llamó, iba asumiendo. Como Marx, también Gramsci le dio particular importancia al orden de la exposición. En sus notas sobre Maquiavelo, por ejemplo, comienza, justamente  por el libro, es decir por la novedad de la forma, que adopta Maquiavelo para exponer, por primera vez, la política en su autonomía. Tampoco para Gramsci la exposición es un simple ordenamiento de lo investigado y conocido. Mediante la exposición se avanza; se va hacia dimensiones desconocidas en la materia a tratar, pues se intenta hacer hablar “a la cosa misma”. Gramsci percibió en la forma adoptada por El Príncipe, la apertura de un espacio propio de la política. De una lógica propia que la independizaba de cualquier otra disciplina. Esto lo trató también en otros dominios. Por eso exploró sistemáticamente rutina marxista, introduciendo siempre en ella una óptica diferente, perturbando lo consabido; probando alternativas, otras maneras de ver aquello que aparecía, una y otra vez como lo mismo. Esto era lo que se iba gestando en aquellas notas que llenaban cuadernos, en donde se producía un pensamiento libre, tanto de la urgencia, como de la contingencia. Esta fue la estrategia inherente a la fórmula “fur ewig”. Un pensamiento que avanza a través de alternativas, interrogantes, o dudas, más que por afirmaciones o principios definitivos. Sobre todo cundo la reflexión proviene de alguien, que como Antonio Gramsci, se definía antes que nada como político.
LA CARCEL FASCISTA, Y LAS PUBLICACIONES DE LOS CUADERNOS
Hay tres momentos en la aparición de la obra de un autor; el de la redacción, el de la publicación y el de la recepción. En autores tales como Marx y Gramsci, estos tres momentos se han distanciado suscitando graves problemas de lectura. Además, hay que considerar que también en el caso de Gramsci se trata de manuscritos, no destinados a la publicación, más bien de materiales preparatorios, acerca de los cuales debiera usarse el mismo rigor que el recomendaba a propósito de la obra de Marx.
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Gramsci sale de la cárcel en 1937 solo para morir.  Es entonces que Tatiana Schucht la cuñada de Gramsci recoge los 33 cuadernos y se los lleva a Moscú, en donde le fueron entregados a Palmiro Togliatti, entonces secretario del Partido comunista italiano, quien los viene a publicar en 1947. Sobre esta tardanza de 10 años hay una serie de versiones negras y blancas al respecto  la cosa es que aparecen publicados por la editorial Einaudi bajo el cuidado de Giulio Einaudi, quien agrupa las notas por temas inspirado en agrupaciones qu el propio Gramsci había hecho en los últimos cuadernos, pero realizando toda la edición bajo este criterio esta primera edición aparece en 6 volúmenes entre 1948 y 1954.
Sólo en 1975 aparece una edición cronológica, crítica y completa de los 33 cuadernos editada por el  Instituto Gramsci de Roma, en cuatro volúmenes de los cuales el cuarto contiene todo el aparataje crítico. Esta edición fue preparada bajo el cuidado de Valentino Gerratana. La traducción al español de esta segunda edición se debe a Dora Kanoussi, y se editó por la editorial Era, en México, en seis volúmenes.
GRAMSCI EN CHILE
La primera traducción que sigue la forma adoptada por Einaudi, fue la que anima Hector Agosti en Argentina a fines de los años cincuenta, por la editorial Lautaro. Fue la primera traducción de Gramsci que se conoce. En ella participan buena parte de los que posteriormente han nsido llamados los “gramscinos argentinos, cuya principal figura es José Arico. Es la traducción que leímos y la que usamos para esta antología que se editó por primer vez en 1972.
Éramos un grupo de jóvenes universitarios, militantes comunistas, los que leímos en ese momento a Gramsci. Para mí fue un impacto decisivo; una lectura que marcó no solo mi manera de pensar sino cómo pasé a entender la práctica política desde entonces. Eran los tiempos en que comenzaba en Chile un nuevo proceso de acumulación de fuerzas tanto políticas como sociales que habría de culminar en el gobierno de Salvador Allende. Si bien el impacto Gramsci quedó circunscrito en este ámbito político preciso, fue fuente de inspiración de varias iniciativas que abarcan la década de los sesenta como por ejemplo, el diálogo cristiano marxista; las jornadas del pensamiento marxista o la creación del Instituto de investigaciones marxistas. Podríamos decir que eran los comienzos de una recepción de la obra de Gramsci  en Chile. En 1987se llevó a cabo en Chile un Simposium internacional en torno  la obra de Gramsci Este fue  un anticipo de la democracia.
Más tarde, a comienzos de los años setenta surgió la iniciativa de una antología que corresponde al volumen que ustedes tienen en mano. Esta fue una aventura personal, gracias a la ide y el estímulo de Hernán Loyola, importante nerudiano chileno, quien se había propuesto crear, enla Editorial Nascimento, una colección popular dedicada a los debates que habían animado teóricamente la década de los sesenta en América Latina y Europa. Se proyecto la antología sobren Gramsci, y algo también sobre los manuscritos juveniles de Marx, probablemente los Manuscritos económicos filosóficos de 1844. Pero como ya habían aparecido los Manuscritos del 44 en una edición de la editorial Austral chilena, se decidió comenzar con la antología de Gramsci.
 Es en este tiempo que comienza a hacerse presente el pensamiento de Antonio Gramsci en América Latina. Carlos Nelson Coutinho atestigua que Gramsci llega al Brasil a comienzo de los años sesenta. Se le conocía por su martirio en la cárcel fascista, peero hasta los años sesenta nadie lo había leído realmente. Es entonces, a comienzos de los años 60 del siglo pasado, que Antonio Gramsci pasa a constituir un capítulo en el desarrollo de las ideas marxistas en América latina. Gramsci, después Althusser y ahora Mariátegui, son lecturas que continúan desde entonces gravitando en el pensamiento político latinoamericano.
 Notas:
[1] Antes de tiempo
[2]Para siempre