El sentido de la democracia en Salvador Allende. Eliseo Lara Órdenes

Eliseo Lara Órdenes[1]

 

La palabra democracia en su sentido etimológico significa literalmente “el poder del pueblo”. Sin embargo, en un sentido más contemporáneo, podemos decir que viene a designar el sistema de gobierno donde los ciudadanos a través del voto eligen a sus representantes, quienes suponemos que toman las decisiones políticas que representan a la mayoría dentro del Estado. Esta última concepción está dada a partir de la Revolución francesa[2]. No obstante, esta disyunción entre una concepción antigua y otra moderna equivale distinguir, según Giovanni Sartori,  una diferencia entre democracia directa, la de los griegos atenienses, e indirecta, en los regímenes modernos. “La diferencia entre la democracia directa y la indirecta es en cualquier caso radical. En la democracia directa el pueblo participa de manera continua en el ejercicio del poder, mientras que la democracia indirecta equivale básicamente a un sistema de limitación y control del poder.”[3]

La_scuola_di_Atene

Bajo ambas nociones el concepto de democracia presenta, inherentemente a él, un término esencial para distinguir a un régimen de gobierno como democrático o no, nos referimos al concepto de pueblo. Este término tiene distintas valoraciones según cada cultura, ya que ellas han pensado y construido su democracia[4] desde el cómo comprenden la palabra pueblo, de ahí que el sentido etimológico de este concepto sea relevante para la comprensión del término democracia. De esta forma coincidimos con Sartori, quien nos dice que la concepción ideal y holística del término es propia de las lenguas donde la palabra pueblo tiene sentido de entidad única, por ejemplo en francés peuple, en alemán Volk o en español pueblo, a diferencia del sentido que tiene el mismo término en inglés con la palabra people, la que posee un sentido plural, el que hace comprender el término democracia como suma de intereses individuales y no en la noción formulada por la tradición moderna, particularmente la francesa, de voluntad general[5]. Con lo anterior, vemos como la concepción de democracia adquiere sentidos que dificultan la comprensión del concepto y el tratamiento de éste, ya que por una parte, el sentido que le otorga el ideal francés al pueblo dentro de la democracia  es el de totalidad de la ciudadanía, desde donde se construye el sentido de soberanía popular, sin embargo el sentido anglo, que origina la democracia liberal, entiende por pueblo a una mayoría simple, como una simple suma de votos.

Dentro de este contexto, la concepción de democracia que funda Salvador Allende se erige como una síntesis conceptual de distintas formas de comprender el término. En este sentido lo podemos entender bajo dos premisas; por una parte, la considerada como proceso de transformación, y por otra, como la forma de gobierno. La primera premisa está tomada desde la perspectiva histórica y la construcción que de ella hacen los trabajadores chilenos, quienes la utilizan para sí, a partir de la propia concepción liberal que ésta tenía[6], ya que entienden que para darse una solución real a sus problemas deben tener una participación en los centros del poder político.[7] De este modo, el concepto de pueblo tiene una expresión concreta en una parte de los ciudadanos, los trabajadores, quienes, a partir de un proceso de desarrollo de identidad, se asumen como la mayoría que señala la democracia liberal. Con lo anterior vemos que en la posición que asume la conciencia de los trabajadores chilenos se origina lo que Leopoldo Zea señala como conciencia de la dependencia.[8]

La segunda premisa está tomada desde una conjunción entre la asimilación y desarrollo de conciencia de los trabajadores, que produce una comprensión de la forma de gobierno dentro del proceso de transformación, y el ideal francés de la democracia. Esta concepción de la democracia como forma de gobierno está considerada desde un sentido republicano, ya que, por un parte, respeta la legalidad y la institucionalidad y, por otra, asume el rol de mayoría definido en ella. Desde esta síntesis de concepciones se inicia el proceso de transformación social, mediante una profundización legal de la democracia. Sin embargo, esta profundización implica un cambio de concepción y, por tanto, de sentido de la democracia, ya que trae consigo la construcción de una democracia directa, pero no en el sentido griego clásico, sino en uno moderno que involucra el desarrollo de las sociedades y las nuevas aportaciones teóricas para su construcción.

Esta conjugación de características, que componen la concepción de democracia que tiene Salvador Allende, está íntimamente relacionada con la interpretación marxista de la democracia, aún cuando venga desde un sentido republicano, lo que le da un sustento teórico genuino al pensamiento político de Salvador Allende, quien realiza una nueva interpretación de la historia y de la tradición de los trabajadores chilenos. De este modo, él se inclina, y en ello pone todo su esfuerzo, en que la forma de construcción del proceso, denominado vía chilena al socialismo, haya sido mediante el sufragio universal, es decir, dentro del régimen republicano que establece la democracia liberal, cuestión que ya el propio Lenin había justificado, pues señaló que “El marxismo enseña que “luchar contra el oportunismo”, negándose a utilizar las instituciones democráticas de una determinada sociedad capitalista, creadas por la burguesía y deformadas por ella, es claudicar enteramente frente al oportunismo.”[9]

Por lo anterior, mantendremos nuestro análisis conceptual dentro de las características que posee la segunda premisa, es decir, la forma de gobierno, porque nos permite profundizar de mejor manera la concepción de la democracia que tiene Allende y comprender los matices desde los cuales está pensando el proceso de la vía chilena al socialismo como democrático.

Desde esta perspectiva podemos decir, que el cambio introducido en la modernidad a la concepción de democracia, con la incorporación de la noción de soberanía popular como lo señala Sartori,  tiene una raíz teórica en el concepto de pueblo como entidad única. Sin embargo, esta noción teórica planteada principalmente por Rousseau en el Contrato Social, no se logra en la práctica, donde el interés de la clase dominante instauró un sistema de mayorías por sobre el de voluntad general[10]Social_contract_rousseau_page

La relación que existe entre el ideal francés de la democracia y la concepción que de ella tiene Salvador Allende es posible de establecer a partir de la concepción de soberanía popular, la que se construye mediante la voluntad general en la democracia. Este vínculo se produce debido a que gran parte de los pensadores y políticos que hacen la Revolución en 1789 son masones, igual que él. Esta condición de masón que tenía Allende no es menos importante que su condición de militante socialista, ya que son los revolucionarios franceses quienes plantean el sentido de igualdad, libertad y fraternidad, ideas que forman parte de la tradición republicana chilena y, también, de él, lo que se manifiesta con más fuerza aún en la constitución de 1925, la que tiene una clara influencia radical, expresión política de los masones chilenos.

Desde está visión republicana de la democracia, junto a la interpretación de la tradición histórica de los trabajadores, Salvador Allende comienza a fundamentar un camino al socialismo distinto en la forma de alcanzar el poder político, lo que consigue con la elección de 1970. Sin embargo, no se detiene en la obtención de éste con un triunfo electoral, sino que pretende ir más allá de dicho proceso, señalando: “Esta concepción de la participación ocasional de la mayoría del país en estos limitados aunque extraordinariamente importantes actos como el que he señalado, ha hecho crisis en la mayoría de los países. Por cierto en los países socialistas, y aun en los países del capitalismo industrial. Es decir, se busca la forma para que en realidad sean las mayorías las que tengan una representación más auténtica. Esto, por cierto, es difícil de concebir en un régimen capitalista, en los países del capitalismo industrial, porque indiscutiblemente, si bien es cierto que las conquistas de tipo social permiten una acción más amplia de los trabajadores, también es cierto, y eso lo sabemos muy bien, que en ellos el poder es una expresión de una minoría y esta minoría defiende sus privilegios.”[11]

En estas palabras de Allende, podemos observar desde dónde está pensando el vuelco hacia la construcción de la democracia directa, apoyándose en la elección, mediante el sufragio universal, por una parte, y convirtiendo el sufragio en herramienta de cambio, lo que produce una teoría política que conjuga revolución y democracia. Ahora bien, esta concepción de Allende trae consigo críticas al sufragio como único elemento democrático, ya que la democracia directa se opone a la concepción individualista que tiene la democracia liberal; de este modo señala que “durante decenios hemos luchado contra una práctica y entendimiento de la democracia puramente formales, en que el sufragio, símbolo externo de la manifestación del poder, ocultaba una realidad enajenante de la voluntad popular. La auténtica democracia exige permanente presencia y participación del ciudadano en los asuntos comunes, la vivencia directa e inmediata de la problemática social de la que es sujeto, que no puede limitarse a la periódica entrega de un mandato representativo. La democracia se vive, no se delega. Hacer vivir la democracia significa imponer las libertades sociales.

Hemos combatido siempre la concepción individualista de la democracia, vinculada al egoísmo propio de una organización capitalista, en que la concentración de los recursos económicos fundamentales en una minoría dominante permitía a ésta usufructuar de los mecanismos políticos representativos. Los grandes cambios efectuados en los últimos meses para imponer la democracia económica, nos proporcionan el instrumento indispensable para alcanzar lo democracia social.”[12]

De lo anterior se desprenden dos premisas importantes para nuestro análisis, ya que, por una parte, es posible establecer una relación desde la proposición “realidad enajenante de la voluntad popular” con el sentido de voluntad general en Rousseau y, por otra, en la de: “hacer vivir la democracia implica imponer las libertades sociales” con su sentido libertario. La primera relación es posible de establecer, porque Allende está reclamando la enajenación que ha sufrido la voluntad popular, entiéndase por ello la de los trabajadores dentro del régimen democrático, el que idealmente tiene que ser considerado en la voluntad general, mientras que en la segunda relación nos lleva al sentido libertario[13] de su pensamiento, expresado en su concepto de pluralismo ideológico. El sentido libertario de Allende tiene un origen en su juventud con la relación que establece con el zapatero anarquista Juan Demarchi. Sin embargo, tendrá una expresión en su pensamiento político en dos sentidos, el primero, de respeto a la pluralidad ideológica y como consecuencia de ello, el segundo sentido, en la limitación del poder del pueblo.

En Salvador Allende la idea de limitar el poder del pueblo sólo a lo político, sin llegar al tercer poder del Estado, el judicial, permitía desarrollar en la sociedad chilena una libertad ideológica que no conoció de persecución ni represión por pensar distinto, ya que al no tener el poder judicial, no hubo dentro de su gobierno ni juicios ni encarcelamientos por razones ideológicas o políticas. Esto, además, está manifestado dentro de la propia heterogeneidad de la Unidad Popular, donde confluían demócratas, marxistas, cristianos y radicales, es decir, un pluralismo ideológico[14] que bien puede ser vinculado a la idea de voluntad general en Rousseau, puesto que consideraba que todas las opiniones construían la soberanía.

Estas condiciones permiten a Salvador Allende plantear una posición transformadora desde la democracia y mantenerse en ella, respaldándose en la institucionalidad, como lo señala en su discurso La vía chilena al socialismo y el aparato del Estado actual[15]: “La cuestión teórica que ello plantea reposa en el supuesto que aparece evocado en el Informe Político: el de si la institucionalidad actual puede o no negarse a sí misma, abriendo paso a un nuevo régimen institucional. Para responder a esta cuestión se requiere, previamente, tener en cuenta dos factores. En primer lugar, si el régimen institucional es o no abierto al cambio. En segundo lugar, qué fuerzas sociales están detrás del régimen institucional, dándole su fortaleza. Ambos factores se corresponden el uno al otro, ya que sólo si el aparato del Estado no es infranqueable a las fuerzas sociales populares puede concebirse que la institucionalidad sea suficientemente flexible para tolerar las transformaciones estructurales sin que estalle automáticamente.”[16]

En estas palabras vemos que Allende reconocía en la institucionalidad la posibilidad de transformación social, sin que estallara una guerra civil, fundamentando la llegada de las fuerzas sociales populares como el elemento trascendental en que se fundamentaba la acción del cambio social y económico dentro de la legalidad y respetando los marcos democráticos señalados en la Constitución de 1925, porque con esto se podía avanzar en la profundización de la democracia, primero en la construcción de soberanía y luego en la acción más directa de ejecución del poder por parte de los trabajadores mismos, es decir, lo que él entendía por socialismo. De este modo definía la institucionalidad con las siguientes palabras: “Las instituciones políticas son mecanismos creados por fuerzas sociales materiales. Están ligadas a estas últimas, y de la naturaleza y evolución de las fuerzas sociales dependen la historia y el destino de las instituciones.

Democracia1

Las instituciones no son un ente abstracto. La institucionalidad responde a la fuerza social que le da vida. Y lo que está acaeciendo ante nuestros ojos es que la fuerza del pueblo, del proletariado, de los campesinos, de los sectores medios, está desplazando de su lugar hegemónico a la burguesía monopolista y latifundista. Que la conciencia y unidad del pueblo de Chile está arrinconando a la minoría privilegiada aliada con el capital imperialista. La institucionalidad vigente responde a la fuerza social que le da vida. No a abstracciones metafísicas.”[17]

Esta consideración es plenamente republicana, ya que considera a las instituciones políticas del Estado democrático como producto de la fuerza social que le da vida, por tanto no ve la necesidad de eliminarlas, lo que junto a la libertad ideológica fundamenta el régimen que estaba construyendo, sobre la base ideal de la democracia y su sentido de la soberanía popular, tal como lo expresaron los revolucionarios franceses de 1789. En esta misma alocución plantea la argumentación marxista, desde el plano teórico y condicionante, que permite señalar a la vía chilena al socialismo como un proceso revolucionario: “El informe político, al negar la posibilidad de que esta institucionalidad pueda dar paso a través de sus propios cauces a una institucionalidad con distinto sentido de clase, parece haberse olvidado de principios fundamentales de la dialéctica. Da la impresión de desconocer que la superación de un régimen socioeconómico, su reemplazo por otro, exige el desarrollo de los factores sociales y económicos constitutivamente contrarios a ese régimen. Factores de negación que son, a un tiempo, agentes de la transformación y primeras manifestaciones del régimen futuro. Esos factores motores del proceso revolucionario de cambios no son ni las leyes ni el aparato institucional del Estado propiamente dicho, sino que se encuentran en la estructura económica, en las relaciones de  producción nuevas que estamos poniendo en funcionamiento de modo acelerado, en la conciencia de los trabajadores, en las nuevas organizaciones de los trabajadores que los cambios en la infraestructura deben producir, y que los partidos populares deben estimular y guiar. El manejo de los rudimentos científicos del análisis en términos materialistas presupone que la acumulación de cambios cuantitativos produce cambios cualitativos.”[18]

Con esto Allende logra fundamentar una concepción compleja de la democracia como forma de gobierno, partiendo de la base marxista de cómo entiende en la democracia el concepto de pueblo, sin embargo, logra a partir de ahí cimentar el camino de construcción al socialismo mediante los cauces de un régimen, hasta ahí, democrático burgués, logrando hacer una síntesis entre quienes hacen el proceso revolucionario, el Estado que deben transformar y la institucionalidad presente para ello.

Bajo estas circunstancias él supera esta situación sustentándose en la flexibilidad de la Constitución de 1925, en la tradición de las luchas de los trabajadores y, por último, en un sentido libertario, al dejar fuera del proceso revolucionario la conquista del poder judicial, lo que le permite que el desarrollo de la vía chilena al socialismo sea un camino revolucionario, democrático, pluralista y libertario.


[1] Profesor de Filosofía, Licenciado en Educación, Licenciado en Filosofía y Magister en Literatura con mención en Chilena e hispanoamericana por la Universidad de Playa Ancha (UPLA). Actualmente cursa el Doctorado en Estudios Americanos mención Pensamiento y Cultura en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile (IDEA-USACH), y se desempeña como académico de la Universidad Andrés Bello, formando parte, además, del Centro de Estudios del Pensamiento Iberoamericano de la Universidad de Valparaíso (CEPIB UV). Su especialidad es la filosofía moderna y latinoamericana, como también los estudios transdisciplinarios sobre América Latina. Ha sido profesor visitante en Universidades Argentinas y conferencista en diversos congresos y encuentros latinoamericanos, contando con diversas publicaciones académicas en Chile, Argentina, México y EE.UU. (eliseolaraordenes@gmail.com).

[2] En este punto seguimos a Dunn, quien en su texto señala: “después de la Revolución francesa, la democracia significaba, por lo menos, que el número era el recurso principal de la política. La cantidad contaba, ya fuese en el recuento de votos o en la ocupación de las calles.” Dunn, J. (1995). Democracia, el viaje inacabado (508 a. C. – 1993 d. C.). Barcelona: Tusquets Editores, p.144.

[3] Sartori, G. (1988). Teoría de la Democracia (2tomos). Buenos Aires: Editorial REI, p.346 t.2

[4] El término demos tenía para los griegos atenienses un sentido de totalidad, así, demoskratia es el gobierno de todos, sin embargo, en la época posterior, desde los romanos hasta la época media, el término demos fue reemplazado por el latín  populus que viene a designar un grupo social dentro del constitucionalismo romano. De este modo recogemos la explicación de Sartori referida a la concepción moderna del término democracia como soberanía popular: “Durante unos quince siglos el concepto fue populus; lo que implica que la doctrina de la << soberanía popular>> incorporada a nuestro concepto de democracia no es griega, y se entiende erróneamente siempre que  la hacemos derivar de demos”. Sartori, G. Ibíd, p.42

[5] Frente a este complejo punto que presenta, a simple vista, una contradicción entre la voluntad general francesa, fundamento de la democracia ideal moderna, y lo señalado por Dunn como legado de esa democracia, decimos que obedece a la diferencia que se establece entre teoría y práctica, ya que para el ideal francés, particularmente Rousseau, en quien estamos pensando, la voluntad general plantea que todos los votos sean tenidos en cuenta, ya que toda exclusión formal destruye su carácter de tal, por lo que la soberanía es indivisible por la misma razón que es inalienable. Sin embargo, la práctica y la manifestación de intereses de la clase privilegiada originó que esta concepción fuera adecuada al sentido dado por la defensa de sus intereses de clase dominante, lo que junto al concepto inglés de people originó una democracia liberal, donde la representación mayoritaria establece las leyes por sobre la minoría.

[6] Esta característica que toma la comprensión sobre la democracia como condición para la conquista del poder, que hacen los trabajadores, se produce gracias a la incorporación de partidos políticos y organizaciones sociales diversas que representan sus intereses, los que permitirán dar forma a un proyecto político propio.

[7]En Chile el absoluto predominio oligárquico, en buena medida apoyado por el ejemplo europeo, se debilitó. Los sectores medios chilenos se tornaron masivamente contrarios al sistema imperante; y el proletariado, aún de manera inorgánica, solicitó mejoras y reformas, tal como lo hacían el alemán, el francés y el británico. Las obtendría con la aprobación de leyes sociales en 1924” Correa et al. Op. Cit. p.89.  Lo anterior ha sido abordado en profundidad en la primera parte de Historia e Identidad.

[8] “La filosofía de la historia de América, se forja a partir de la conciencia de la dependencia. Dependencia con relación a los proyectos colonizadores que Europa, el mundo occidental, imponen a este continente. Será dentro del horizonte de la colonización que ha sido descrito que se den diversas respuestas latinoamericanas a la misma. Respuestas que formarán la concepción de la historia de estos pueblos. Filosofía de la historia que será, también, antropología de los hombres que la protagonizan. Conciencia de la dependencia que dará, a su vez, origen a la búsqueda de su cancelación. Y dentro de esta cancelación va  a quedar incluido el pasado vivido.” Zea, L. Op. Cit. p.165.

[9] Lenin (1916), citado en Balibar, E. Op. Cit. p, 91

[10] Cabe señalar que ambos conceptos son contrarios, ya que al decir del mismo Rouseau: “Para que la voluntad sea general, no es siempre necesario que sea unánime; pero si es indispensable que todos los votos sean tenidos en cuenta. Toda exclusión formal destruye su carácter de tal” Rousseau, J. J. (1988). El Contrato Social. Santiago: Ercilla, p.34. Mientras que su contrario obedece a la determinación de una mayoría por sobre la opinión de la minoría, dejándola fuera de participar de la soberanía.

[11] Su pensamiento político Ed. Cit. p.47.

[12] Ibíd. pp.389-390.

[13] Antes de proseguir, debemos aclarar al lector que el sentido libertario en Salvador Allende, no puede ser considerado como consecuencia de lo sucedido el año 1968 en diversas partes del mundo donde se criticó la rigidez del régimen soviético, ya que esta crítica no señaló una propuesta concreta que solucionara el problema de la libertad en el denominado socialismo real.

[14] Para profundizar este tema recomendamos los textos de Sergio Vuskovic Rojo Construcción pluripartidista del socialismo en Revista Principios Nº 124, Santiago 1968 y El Pluripartidismo y el proceso chileno Santiago, Editorial Austral 1973.

[15] Allende, S. “Informe al Pleno Nacional del Partido Socialista” Algarrobo 1972 en  Su pensamiento político Ed. Cit.

[16] Su pensamiento político Ed. Cit. p.302

[17] ibíd, p.304

[18] ibíd, p.305

Anuncios

La herencia ideológica de la dictadura. Por Osvaldo Fernández Díaz

¿Nos pudimos liberar de la sombra de la noche con el triunfo del “no” en el plebiscito de 1989?  ¿Nos hemos liberado del lastre del “pinochetismo” con su muerte en impunidad? A medida que conocemos lo que ocurrió, sus trágicas consecuencias, y cuánto de su obra aplasta aun a Chile, nos vemos forzados a responder negativamente a estas preguntas. Desapareció el gato, pero quedó su siniestra sonrisa.  No se creyó cuando, a unos años de la dictadura, se dijo que en Chile no había todavía democracia. Cierto, comparadas las cosas, el régimen político que le sucedió era lo más parecido a una democracia. Pero, miradas las cosas desde otro plano, si bien con el término del régimen dictatorial se logró salir de la situación de una “democracia tutelada”,  o acuartelada, se pasó, sin embargo a soportar una verdadera tutela ideológica:  imposición de una hegemonía cultural que se había venido incubando durante aquellos diez y siete años de gobierno militar. Lejos de desaparecer o aminorarse, aquella imposición ha pasado ahora a instalarse plenamente, como la ideología dominante de Chile, desde los primeros gobiernos de la Concertación.

I

En los años cincuenta del siglo pasado el modelo de sustitución de exportaciones se hallaba agotado, y en el plano de la política general se disputaban la sucesión tres proyectos. En primer lugar, una nueva izquierda que comenzaba a diseñarse junto a la figura de Salvador Allende,  creando una nueva alianza que logró expresarse durante los mil días de la Unidad Popular. Otro de los modelos en disputa era el que propugnaban las fuerzas demócratacristianas, que irrumpían con gran ímpetu en la escena política nacional a través de un modelo desarrollista que llevaría a la práctica el gobierno de Eduardo Frei Montalva en 1964. Y por último, un modelo de derecha todavía en ciernes, no totalmente coherente, que sólo se haría nítido durante la dictadura militar. En su conjunto, en el plano político, Chile era un espacio abierto.

En lo que respecta a su comportamiento, la derecha, si seguimos las ideas de Leopoldo Benavides, se encontraba más bien a la defensiva, hasta poco antes de la Unidad Popular. Es con la creación del Partido Nacional que la derecha chilena comienza realmente a elaborar un proyecto de más largo alcance. Se puede afirmar que hasta los 70 le faltaba capacidad de dirección en el plano que Antonio Gramsci llama “intelectual y moral”. De ahí que su mayor triunfo sea hoy día el haber creado esa capacidad de dirección,  que en lo intelectual y moral ha calado profundamente en la sociedad chilena. Aunque los chilenos no voten mayoritariamente por ella, siguen y han hecho suyos muchos de sus preceptos. En general, se puede afirmar que fue gracias a la dictadura y con su apoyo que se pudo modificar la cultura y las estructuras intelectuales hasta entonces vigentes. Por eso se puede decir que la profundidad de la administración intelectual, en términos de conformismo, que ha creado la derecha en Chile es hoy día uno de los desafíos más serios que enfrenta la izquierda.

Si nos atenemos al plano económico y social esta hegemonía cultural es, hoy en día, después de cuatro gobiernos de la Concertación, aún mayor. Por una parte, por la sólida instalación de poderes fácticos, en especial el económico, que está en manos del empresariado chileno. Este poder fáctico se halla reforzado por la hegemonía del modelo neoliberal. La Concertación, que adhiere y se atiene al modelo de la manera más ortodoxa posible, ha pasado a convertirse en una simple administradora y garante del éxito del programa económico del neoliberalismo. Fue en Chile en donde este modelo se experimentó por primera vez y es aquí en donde se sigue aplicando al pie de la letra. Pero no se trata tan sólo de programas políticos que se aplican “desde arriba”. Lo más grave para la izquierda reside en que el neoliberalismo se ha hecho carne en las masas. El consumo y el crédito para el consumo, más la forma de vida que generan, han ganado a los más amplios y humildes sectores y ha pasado a constituir una norma cotidiana  de conducta, que constituye el sostén básico y esencial para la gobernabilidad.
En el plano político es importante destacar que la UDI junto con RN representan casi la mitad del electorado nacional. Su hegemonía se sustenta, por una parte, en el poder fáctico de los empresarios, por otra, en la forma pactada como se logró un resquicio democrático luego del triunfo del “No”, pero principalmente por la fuerza que ha cobrado el dominio ideológico. Se ha ido produciendo, entonces, pero para el lado de la derecha, lo que Antonio Gramsci había propuesto como proceso de instalación de una hegemonía, diciendo que ésta supone a la clase hegemónica como dominante y dirigente a la vez. Partiendo del hecho que en el arco político de una sociedad como la nuestra se consideran las perspectivas de una alianza sobre la base de que hay, en ese arco, amigos, aliados, adversarios y enemigos, entonces una adecuada política de alianzas debe tratar de fortalecer el campo de los amigos, incorporando en él a los aliados; debe neutralizar y, si es posible, como ha ocurrido en Chile, fagocitar  a los adversarios, para poder lograr la meta:  reducir el campo de los enemigos a su mínima expresión. Si observamos la situación política chilena, vemos que para la derecha este programa aparece casi cumplido, y lo sería cabalmente, si no fuera porque desde el fin de la dictadura ha habido cuatro gobiernos de la concertación, lo que significa que en el plano estrictamente político la derecha no ha logrado todavía la alternancia. Esto nos lleva a que tenemos, de un lado, la alianza conservadora con la UDI y sus aliados de Renovación nacional, y del otro, la Concertación que podríamos describir como adversarios neutralizados de la derecha, y una izquierda seriamente disminuida -si tomamos en cuenta la tradición chilena- y que sólo en estos últimos años empieza a remontar.

II

El primer acto fundacional del golpe de estado de 1973 fue el quiebre institucional, la supresión violenta, no sólo de lo que había sido la práctica política de los años del Frente Popular, sino de lo que era institucional desde mucho antes. Se persigue, se relega y asesina a la clase dirigente política; algo similar ocurre con los trabajadores, con lo cual se busca acabar con la capacidad negociadora de la clase obrera. En fin, se siguen rigurosamente los dictados de la Doctrina de la Seguridad Nacional que se había estudiado en las escuelas de adiestramiento militar de los EEUU. El terror de Estado que se aplica es igualmente consecuente con esta misma doctrina, que hablaba de un enemigo interno. No se piensa todavía mucho hacia delante, y a pesar que Jaime Guzmán fue encargado de trabajar con un equipo, desde los primeros días, en una nueva Constitución,  todo el primer afán de la Junta estuvo destinado a borrar la cultura política democrática y cívica a que los chilenos se habían acostumbrado desde el fin del gobierno de Ibáñez. Esta depuración llevada a cabo con prolijidad y saña dura hasta pasado el año 1975.

Casi inmediatamente después del golpe, tres sectores concurrieron como protagonistas a darle cuerpo a una doctrina, y a lo que después sería un proyecto de gobierno: los militares, los gremialistas, y los flamantes economistas que volvían de la Universidad de Chicago. Esto comienza cuando la coincidencia y compromiso entre estos tres sectores se anudan en una densa trama (la trenza). Así, los militares que adherían a la una concepción ideológica que se desprende y sustenta de la idea de la guerra fría, y que aporta el autoritarismo y la práctica del mando unipersonal, se vinculan con aquellos jóvenes economistas que se habían formado en la Universidad de Chicago y que, pese a sus diferencias, optaban  por la economía de mercado y el neoliberalismo. A ellos se unen también desde los primeros momentos los gremialistas liderados por Jaime Guzmán, quienes impregnan el todo con un componente católico extremo e integrista.

Estas ideas, que lograron tomar un cuerpo definitivo desde la aprobación de la Constitución de 1980, se habían venido entrelazando en torno a un núcleo central que era la economía de mercado. Algunas de las ideas integrantes de este cuerpo existían de antes en estos tres sectores. Por ejemplo, la idea de que el Estado sólo tenga un papel subsidiario, era uno de los componentes básicos del gremialismo y justificaba también la intervención militar en política. Otra idea común y que funcionaba ya en cada uno de los tres sectores era el “apoliticismo”. El movimiento gremialista se crea en 1965 y «nace como respuesta a la politización de la Universidad en Chile, y a la radicalización de las posturas que se dieron en los períodos de Frei y Allende (2).

Todo se precipita cuando el golpe de Estado de 1973 da origen directamente el gobierno de la dictadura militar. Si bien este bloque inicial de poder ha venido progresivamente desmaterializándose con respecto a su contextura inicial, con la salida del poder político de Pinochet y la paulatina reconversión de las FFAA chilenas, persiste, sin embargo, en comportamientos de administración como el mando unipersonal.  En ocasiones esta persistencia se advierte en la fuerza que adquiere la represión, y la colusión constante entre el empresariado y las fuerzas políticas de derecha.

El gremialismo es el verdadero germen de la postura ideológica actual de la derecha chilena, que en los momentos iniciales entronca con la dictadura y le otorga un sentido político ideológico, de más futuro que la doctrina de la seguridad nacional. Su participación como asesor en el gobierno de la Junta militar apadrina «políticamente el proyecto económico de los Chicago Boys, dotándolo de coherencia política y calzándolo con el nuevo proyecto que se vislumbraba para Chile(3). Junto con participar en la preparación de la que sería la Constitución de los 80, es el autor de la Declaración de Principios del Gobierno de Chile. Continúa posteriormente en la década de los ochenta, más concretamente el 24 de septiembre de 1983, cuando se crea la Unión Democrática Independiente (UDI), cuyo primer comité directivo fue presidido por Jaime Guzmán.

Algunos años más tarde, como preparación para el plebiscito en 1988, la derecha se une como Renovación Nacional. A dicho conglomerado concurren excedentes del Partido Nacional presidido por Andrés Allamand, la UDI, y el Frente Nacional del Trabajo, presidido por Sergio Onofre Jarpa. Fue el primer partido político inscrito a nivel nacional desde el receso político de 1973. Fue durante el gobierno de la Junta militar, que estos distintos protagonistas de la dictadura y sus compañeros de ruta se fueron entendiendo y, si podemos decirlo así, la trenza comenzó a tomar cuerpo y consistencia.

De tal manera que es una trama ideológico-cultural de derecha la que cubre la actual democracia en Chile, empezando por el hecho que estamos hablando de una democracia que fue pactada, y que la totalidad de los detalles que se refieren a los compromisos pactados no se conocen aún plenamente. Esta situación confiere internamente a nuestra sociedad  un sesgo ideológico que es reaccionario hasta en los actos más cotidianos. Lo que lleva a una situación que en materia de derechos, de libertad y de reconocimiento, ha retrocedido hasta el panorama que existía antes del gobierno de Pedro Aguirre Cerda, ya que la Constitución de los años 1980 fue un evidente retroceso con respecto a aquella del año 1925. Importantes movimientos laborales, de los pueblos originarios, de las mujeres, de los estudiantes universitarios, de la salud y la educación, constatan en sus luchas diarias este retroceso en la dignidad y el reconocimiento. Y no hablamos sólo de una atmósfera cultural, que impone hábitos y costumbres, sino particularmente de su reproducción y reorganización a través del funcionamiento actual de los aparatos ideológicos de Estado. Es a este lastre ideológico al que  nos referimos cuando se escucha decir que el carácter público de la institución estatal ya no está a la orden del día, que son ideas nostálgicas. Ideas que siguen a una situación de facto que se instaló desde el mismo instante en que los componentes tradicionales de la sociedad chilena, que antes eran públicos, tales como la salud, la previsión y la educación, dejaron de serlo,  fueron privatizados, e incluso, han pasado a ser regidos por las leyes y normas del mercado.

NOTAS
(1) Este trabajo ha sido inspirado por la lectura de los libros de María Olivia Mönckeberg, en especial “La privatización de las Universidades. Una historia de dinero, poder e influencias”, editorial Copa rota, Santiago de Chile, 2005.
(2) Moncada Durruti, Belén, Jaime Guzmán, el político, RIL editores, Santiago de Chile, 2006, p.41.
(3) Idem, p.73

Cuadernos de Educación Volumen trimestral Junio 2008, Año 3 N° 7