“El ayer y hoy de la Biblioteca Pública”. Pablo Aravena Núñez

Con ocasión del 139º aniversario de la Biblioteca Pública Santiago Severín. Valparaíso, 27 de febrero de 2012 Pablo Aravena Núñez[1]

El único sentido en que una Biblioteca puede ser autentico patrimonio es en su pleno uso por parte de la comunidad. Mejor: articulando a la misma comunidad. Ser nominada “monumento” puede ayudar a la biblioteca, en el sentido de contar con ciertos beneficios administrativos para su mantención física, pero es el peor destino si a causa de tal nominación le llegase a ocurrir lo que a la estatuaria de las plazas: que todos pasaran indiferentes por su lado. El proyecto histórico que acompañó la creación de la Biblioteca Pública es completamente opuesto a una biblioteca-monumento, en estricto rigor es su negación. Veamos a trazos gruesos de qué proyecto se trataba.

Aunque la creación de la Biblioteca como reservorio del saberuniversal es bastante antigua –y Alejandría (s. III) sigue siendo aquí el paradigma–, la creación y fomento de la institución “Biblioteca Pública”, es bastante más reciente. Para nuestro caso local (América Latina, Chile), está íntimamente relacionada con la constitución del Estado-Nación, al igual que otras instituciones “fundamentales”, como la “Escuela Pública”, el “Archivo Nacional” y el “Museo”. ¿Fundamentales para qué? Pues para construir una comunidad a la medida de la institucionalidad republicana, que en nuestro país se viene forjando –con notables límites y exclusiones, patentes hasta el día de hoy–desde la primera mitad del siglo XIX.

Y, no obstante, el ideario tras la creación de la Biblioteca Pública se puede rastrear durante todo el siglo XVII y XVIII europeo. Es sin duda ilustrado. Como lo ha mostrado Roger Chartier[2] se trataría de que el Estado proporcione la infraestructura para que los individuos puedan instruirse, pensar por sí mismos y hacer uso público de la razón (esto es argumentar, criticar y debatir, preferentemente por escrito), y en esa medida constituirse en agentes del desbaratamiento de todo asomo de oscurantismo en materia de conocimiento y de todo tipo de autoritarismo en materia de política. La verdad y la libertad dependen, en este ideario, del proceso de ilustración de la humanidad. Y ésta se lleva a cabo por los libros.

La Biblioteca Pública se entiende de este modo como un lugar en donde se puede acceder a todos los libros publicados, sin censura, y en donde puedan acudir todos los “hombres letrados” para avanzar en su indefinido proceso de ilustración, del cual depende, de paso, el progreso la humanidad completa. Baste constatar –como lo ha recordado Todorov en su reciente libro El espíritu de la Ilustración– el ahínco que ponía Condorcet(en sus Memorias, redactadas en 1791) en la diferenciación entre Instrucción Pública y Educación Nacional: sólo la primera es afín con la actividad republicana. La segunda podrá dar a todos un mismo espíritu patriótico de respeto sagrado a la ley. Pero, en cambio, la Instrucción Pública se encarga de avanzar hacia el libre examen de esas leyes y doctrinas, las lleva a juicio y si es necesario las corrige[3]. Es en la instrucción que se efectúa el uso de la razón, en su función desacralizadora, y se camina hacia la autonomía del individuo y por ende al perfeccionamiento de la República: “los jueces mismos pueden ser juzgados por un Público instruido”, sostendrá Condorcet.

Si alguna vez alguien se preguntó el motivo de que exista una Biblioteca Nacional y además una Biblioteca del Congreso, tiene en lo ya dicho su respuesta. Si en el ideal ilustrado la ilustración y formación del juicio por los libros es cara al hombre común “letrado” (el ciudadano), lo es doblemente para aquellos a los que se les han confiado las decisiones importantes, el futuro de la República. Deben tener a la mano todos los elementos de instrucción y crítica, para formarse una opinión y decidir en libertad de conciencia y por el bien de la República. Aunque hoy suene raro, los principales usuarios de la Biblioteca del Congreso debieran ser los propios parlamentarios, pues su alta responsabilidad los obliga a ello[4].

Hay un punto que debemos aclarar para terminar de entender este proyecto. Los sujetos implicados son siempre “hombres letrados”, lo que implica al menos dos cosas: primero, que la vida de la Biblioteca Pública requiere de otra institución: la escuela (o bien el haber nacido en el seno una familia que disponga de un preceptor). Y en segundo lugar que, para la época, se trataba de un proyecto triplemente excluyente: primero, por que se trata de hombres; la mujer porta poca razón, es más afecta de las pasiones. Segundo, porque se aboca sólo al mundo urbano; por ejemplo, en la Francia de fines del siglo XVIII cerca del 40% de la población  era analfabeta, de la cual casi la totalidad se concentraba en el campo. Tercero, porque excluye a los de siempre, un hombre letrado suele ser quien nace en un medio con recursos.

Pero, incluso con estas puntualizaciones, cabría preguntarse con cierta preocupación ¿Qué ha sido de ese proyecto? Y es que está claro que las exclusiones siguen presentes, ¿pero qué ha sido del proyecto aquel?

Si nuestros gobiernos quieren de verdad que sigan existiendo Bibliotecas Públicas ¿bajo qué relato se las piensa y concibe? Si tenemos hoy en nuestro sistema escolar un alto nivel de analfabetismo funcional –no se entiende lo que se lee– ¿quiénes podrán hacer uso de la biblioteca? ¿Cuál es el destino de la Biblioteca Pública hoy, y de aquí en adelante, en tiempos de retroceso de la cultura letrada? ¿Podrá existir la biblioteca sin lectores? El futuro de la Biblioteca Pública ¿es el devenir monumento –forma estéril del patrimonio– o el de revitalizar la cultura democrática? Y, si las autoridades se decidieran ahora, de verdad, por lo último, ¿cómo habría que hacer, si han inducido a la población –mediante una desregulada apertura global y massmediatica–al imperio de la imagen, el simulacro, la trivialidad y el analfabetismo funcional? Porque, en contra de lo que se nos induce a creer, el imperio de los mass media y el retroceso del mundo letrado no es un destino inexorable hacia el que van todos pueblos del planeta, al menos con la misma intensidad y anarquía. Basta asomarse a otros países para ver que internet y el campo virtual son juzgados como herramientas de cierta utilidad, pero poco confiables, pues generan serias distorsiones y vicios notables si se los enfrenta “desarmados”, es decir, sin herramientas cognitivas que garanticen su mediación crítica. Como ha señalado José Bengoa en un reciente artículo de prensa: “la educación en Finlandia, modelo para muchos, sigue con tiza y pizarrón”[5].

Nuestro país es un paradigmático caso de entrega total a las tecnologías de la información, sin duda coherente con la política de apertura total y sin resguardo en el ámbito económico, por ejemplo, que hizo de Chile, ya en el gobierno de Bachelet, el país con más tratados de libre comercio contraídos a nivel planetario.

¿No depende el destino de la Biblioteca del destino de la Educación y ésta a su vez de las políticas que usualmente han adoptado “por” nosotros un grupo de expertos? No se trata de incentivar y crear lectores por que sea “en sí” bueno leer (aunque es verdad que tal capacidad está asociada al desarrollo de ciertas operaciones cognitivas específicas), sino que hay que aclarar primero para qué se necesitan lectores:¿Para no equivocar las instrucciones en tanto mano de obra calificada? ¿Para crear consumidores de la industria cultural o para construir una comunidad fundada en el uso público de la razón, en la crítica de la falsedad, la mentira, el oscurantismo, la mera ideología y el autoritarismo, en fin, una comunidad vigilante de su libertad?

El destino de la biblioteca no es cosa de “políticas culturales” sin más, sino de la política a secas. Pero de la gran política, esa que no se ve hace tiempo, esa que se preocupaba del destino de los hombres y mujeres de la patria –de los ciudadanos–, y no de los derechos de un cuerpo de consumidores, clientes o usuarios.

Mientras estas cosas se aclaran la biblioteca debe seguir trabajando, asumiendo su contexto. Tal como ha sostenido el ya citado Chartier, al rechazar la idea de la sustitución de la biblioteca por internet, “las bibliotecas pueden enseñar a la gente cómo utilizar esta nueva tecnología, particularmente en una dimensión crítica, porque la red electrónica es un vehículo poderoso de multiplicación de errores, falsificaciones”[6]. Pero esto supone un modelo de biblioteca más activa, incluso más ruidosa de lo que hoy vemos. Requiere también de guías altamente capacitados para acompañar a quien acuda a ella en la tarea de razonar, criticar y construir un juicio (que no es la mera “opinión”, por honesta que se crea ésta). La Biblioteca Pública, sin sacrificar su viejo objetivo, debe estar a la altura de nuestro tiempo si no quiere devenir monumento y, sobre todo, si quiere servir al bien de la Humanidad. (“La Humanidad”, ¿se acuerdan de eso?)


[1] Licenciado en Historia y Magíster en Filosofía por la Universidad de Valparaíso. Doctorando en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Chile. Becario CONICYT. Académico del Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la Universidad de Valparaíso y de la carrera de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Viña del Mar.

[2]Chartier, Roger, Las revoluciones de la cultura escrita. Diálogos e intervenciones, Barcelona, Gedisa, 2000, p. 81 y ss.

[3]Ver TzvetanTodorov, El espíritu de la ilustración, Barcelona, Círculo de Lectores, 2008, pp. 72-73.

[4] Al respecto ver Roger Chartier, “El alfabeto y la imprenta”, en: Pluma de ganso, libro de letras, ojo viajero, México, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, 1997, p. 59.

[5] Bengoa, José, “Reflexiones de verano sobre la cuestión de la educación superior”, en www.theclinic.clEn: http://www.theclinic.cl/2012/02/23/reflexiones-de-verano-sobre-la-cuestion-de-la-educacion-superior-2/ Consultado el 25 de febrero de 2012.

[6]Chartier, Roger, “La bliblioteca, lugar de la escritura impresa y digital”, en  En: www.milenio.com En: http://www.milenio.com/cdb/doc/noticias2011/0040b737a39dc5ab49b345a8c1daa0f1  Consultado el 25 de febrero de 2012.

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