¿Continuará “La Primavera de Chile”? . Editorial (CdE nº20) .

 ¿Hacia dónde se dirigirá el Movimiento Estudiantil?

¿Se ganó o se perdió?

La respuesta depende desde donde sea mirado este importante movimiento de masas que hubo en Chile el año pasado. Depende de la diferencia que puede haber entre lo que se pretendía y lo que se logró. El gobierno, por cierto, mantuvo el lucro, pero a pesar de que en los hechos se sigue lucrando igual, tanto en las Universidades privadas como en la educación media y básica, y en los institutos técnicos, algo importante ocurrió: el lucro paso a ser una mala palabra, y una mala práctica para una gran mayoría de los chilenos. La fuerza que poseía antes de este proceso, se debía a que ese mismo lucro era percibido por una gran mayoría de los chilenos como algo legítimo, aceptado y consensuado, hasta tal punto que la hegemonía que dejó como herencia la dictadura se había hecho “sentido común”. Era aceptado, por una mayoría apreciable, que la educación era un privilegio, un bien de lujo y que, por lo tanto, correspondía pagarlo. En este sentido, el movimiento estudiantil echó por tierra una serie de mitos que se habían venido incubando en la conciencia de los chilenos. Aunque tal manera de pensar hubiera sido impuesta de la forma como el neoliberalismo fue instalado en Chile, es decir, por la colusión entre la dictadura, el gremialismo y las políticas económicas de los Chicago boys, había logrado raigambre popular. En especial, la idea de que todo lo que era un servicio público debía pasar a ser regido por el mercado. Es decir, que todo lo que se regía mediante políticas públicas, en especial, la salud, la previsión, el transporte, y la educación, debían quedar a merced del lucro.

Mérito del movimiento estudiantil es haber dejado en claro que las cosas podían ir por un camino distinto. Que la demanda de una educación pública y gratuita, no es ni ideología, ni una utopía trasnochada, ni que “todo hay que pagarlo”, como dice el Presidente Piñera. Esto se explica porque en el transcurso de seis meses de manifestaciones, marchas, y diversos actos populares, se alcanzó a movilizar a cerca de un millón de chilenos, entre los cuales había estudiantes secundarios y universitarios, profesores, padres y apoderados, representantes gremiales y otros sectores que simpatizaron y apoyaron el movimiento, pese a toda la campaña de desprestigio en que se empeño el gobierno.

Esta “primavera de Chile”, como se la ha llamado en Europa, logró quebrar el cemento que había revestido a la ideología dominante que hasta entonces, pese a los gobiernos de la Concertación, había logrado tomar carta de ciudadanía en nuestro país, adquiriendo raigambre popular. Fue entonces que la idea de educación pública y gratuita dejó de ser algo del pasado, o nostálgico, y tomó un carácter programático actual, pasando a integrar el proyecto para un gobierno de nuevo tipo que, superando las insuficiencias y vacilaciones de la Concertación, camine en una dirección decididamente opuesta a la que le ha venido imprimiendo la derecha.

¿Movimiento sectorial o revolución?

Pero justamente cuando el curso de los acontecimientos llegó a este punto en que una nueva conciencia comenzaba a abrirse, las cosas se complicaron. Muy pronto se pensó que se había llegado ya al final del recorrido, que se había doblado la esquina, que el movimiento era ya nacional y popular, olvidando la naturaleza decididamente sectorial que tenía. Era general y nacional porque el problema que lo convocaba también lo era. Si la salud hubiera sido el problema que convocaba habría quizás dado lugar a un movimiento similar. La revista Punto final tituló en uno de sus ejemplares, «¡Es una revolución, estúpido!» El estúpido pudo haber replicado, que “No es una revolución…” La ilusión le gano a la realidad, y como las cosas no salieron por esa vía, y lo que se alcanzó quedó muy atrás de lo deseado, al final de la primera etapa de este movimiento, (pues quizás así habría que definir lo ocurrido en 2011), hubo no poca decepción

En definitiva, podemos concluir que lo que ocurrió el año pasado no fue el gran movimiento de masas popular y nacional que se requiere para que las cosas realmente cambien, sino un movimiento sectorial con apoyo especifico de otros sectores de la población. Pero en pro de la educación, y no todavía por un nuevo Chile. Lo otro importante es que se transitó hacia una nueva etapa. Hay expectativas y no poca esperanza de que esto ocurra.

¿Se logrará transitar hacia una segunda etapa?

Después de mucho tiempo se hace posible pasar a una segunda fase. El movimiento ha tomado conciencia de sí, ha construido un programa de corrección histórica de los estragos que hizo la dictadura y que continuó alegremente una Concertación ganada por el neoliberalismo. Se impuso ante la opinión pública, y permanece vigente y dispuesto a enfrentar la segunda etapa que está por comenzar. Y como todo este proceso es y ha sido una creación histórica, la pregunta que se están haciendo todos sus protagonistas es cómo seguir. ¿Qué va a pasar ahora en el 2012?  ¿Cómo se puede abordar esta segunda etapa?

De lo que ocurrió al final del año 2011, empezando por el balde de agua fría, que fueron las respuestas que el gobierno entregó finalmente, su intransigencia y mezquindad, tanto más impactantes, cuanto más esperanzas se habían colocado en cuánto cedería, o sea, en cuánta fuerza nacional tenía el movimiento. Pero ya había habido un aviso en el momento en que al movimiento se le incorporó la CUT con un paro nacional. Lo que este paro demostró es que no estábamos ante un movimiento nacional, que el movimiento sindical, por las razones que fueran, seguía siendo débil, y poco innovador.

Las elecciones estudiantiles y la forma en que se dieron a fines del 2011.

Volviendo a reconsiderar el aspecto orgánico del movimiento estudiantil, en lo que se refiere a la renovación de las direcciones de estudiante, lo que implica renovación de las vocerías, la forma en que estas se dieron al final del año pasado, se alza como un obstáculo para el buen desarrollo de esta segunda etapa del movimiento estudiantil. Estas elecciones anuales es una tradición democrática, que se ha repetido año a año. La novedad vino de la manera cómo los medios de comunicación de masas las amplificaron y el aspecto ideológico en que pusieron el acento. Esto agravado por el hecho de que el Gobierno tomó también cartas en el asunto, con declaraciones, movilizando sus partidarios, llegando incluso a sacrificar a los sectores juveniles de la Alianza en pro de una determinada candidatura, para impedir que determinados voceros, dirigentes del movimiento, como Camila Vallejo o Camilo Ballesteros, obtuvieran las primeras mayorías.   El anticomunismo, las falsas rivalidades, alimentadas por la prensa, que le dio a estas elecciones el carácter de una lucha contra las pretensiones del PC, y como victorias sucesivas en contra del PC, inclinaron el proceso eleccionario hacia una división y antagonismo fratricidas. La unidad, pensada como la fuerza principal del movimiento, y condición sine qua non del éxito de una segunda etapa quedó bastante resquebrajada. Hasta órganos que podemos llamar de izquierda, como Punto Final y The Clinic, contribuyeron de manera negativa en este proceso eleccionario, y así, uno de los símbolos del movimiento, que era Camila Vallejo, de pronto pasó a ser el enemigo que había que derrotar.

Estimamos que para poder pensar en una segunda fase del movimiento estudiantil, fase  que se llevaría a cabo este año, que, por lo demás, desde un punto de vista político  puede ser más propicio que el anterior, puesto que ahora entramos en una atmósfera cargada de expectativas políticas gracias a las elecciones ad portas, es indispensable que los diferentes grupos políticos en que se divide el mundo universitario, limen sus aristas, y busquen por todos los medios posibles instancias de diálogo y de entendimientos. El enemigo está fuera de las casas universitarias; es el gobierno, son los intereses neoliberales que nos rigen y no los otros grupos estudiantiles. Hay que impedir que las diferencias tácticas contaminen la elaboración de una estrategia de acción común en el plano de la lucha por una educación pública y gratuita en Chile.

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