Recensión del libro “Nacionalismo y Autoritarismo durante el siglo XX en Chile. Los orígenes, 1903-1931” de Luis Corvalán Marquéz . Por Pablo Aravena Núñez

 Hace poco tiempo solicité el texto de presentación de un breve libro de mi autoría al filósofo español Manuel Cruz, quien en un gesto amable y condescendiente escribió: la lectura del libro de Pablo Aravena “me planteó un problema no sé si de fácil solución. ¿Qué añadir a lo ya expuesto?”. En esta ocasión debo escribir lo mismo, pero como evidentemente la relación es inversa, es decir, como ahora el presentado es un prolífico historiador y el presentador un profesor joven e historiador advenedizo, no hay condescendencia sino mas bien angustia (cuando no impotencia). A lo que habría que agregar que el libro hoy en cuestión es un estudio aplastante de 461 páginas. Pero como traté de zafarme dos veces de la invitación de su autor y éste insistió, me obligo entonces a articular algunas ideas que no traten de ser el mero resumen del libro. Como les gusta decir a los burócratas “autoevaluadores”, en adelante trataré de “convertir mis debilidades en fortalezas”. Lo que para el caso debe ser entendido como la novedad –la perspectiva diversa– que pudiera aportar la lectura que del presente libro hace un profesor de 34 años –que además fue alumno atento del autor– frente a temas que requieren bastante más tiempo de formación, trabajo, elaboración y, sobre todo, experiencia. Que todo libro, por científico u objetivo que quiera pasar, guarda la huella indeleble de su autor, no es nada nuevo. Lo que aquí puede ser interesante es comenzar planteando de qué huella se trata. Porque el presente libro que nos entrega Luis Corvalán, al igual que sus anteriores obras, es ante todo un intento de explicarse y explicar, o mejor dicho de comprender y hacer comprender (sin justificar) dos fenómenos que cruzan la subjetividad de buena parte de una generación que aún se considera “de izquierda”: la extrema e impune violencia experimentada en nuestro país a partir de 1973 y el descalabro de la utopía que insufló el espíritu revolucionario chileno. Se trata de una perplejidad máxima que de modo muy entendible nos envía a la historia, pues como anotó Nietzsche: lo insoportable no es el dolor, sino su falta de sentido.

En la presente obra el acento está puesto en el primer componente de esta perplejidad: la violencia política desatada, pero también su no despreciable grado de legitimidad apelando a una lógica en que se articulan seudoargumentos que suenan hasta hoy.  Imagino que la escucha cotidiana (en la calle, en la micro, en el metro e inclusive en la universidad) de frases como “… pero si siempre ha habido ricos y pobres”, “la raza es la mala”, “Dios sabe por qué hace las cosas” o “el trabajo dignifica”, deben ser aún más lacerantes en los oídos de personas como Luis Corvalán que para uno que, a fin de cuentas, no pasó por lo que ellos, o pasó de otra forma. Porque del tradicionalismo y el nacionalismo (ideologías de cuya recepción emana gran parte de la violencia y autoritarismo chileno, según Corvalán) no tengo más experiencia directa que mis doce años de educación marista a cargo de curas franquistas por la década de los ochenta, es decir, en plena dictadura. Una educación que se planteó rectificadora del ser nacional en los siguientes términos (y citó aquí el texto de introducción a los Programas Transitorios que imperaron desde 1974 hasta 1981):

 “Todos los canales que confluyen en el hacer docente del país han sido puestos al servicio de una causa única y clara: lograr la superación de las limitaciones nacionales mediante una adecuada formación de las generaciones emergentes. Todo ello dentro de cánones estrictamente chilenos, asegurando el manteni­miento de las virtudes propias del ser nacional y rectifi­cando aquellas conductas que casi siempre por influencia foránea, pudieran constituirse en freno del proceso reconstructivo”.

 Y es que si uno sigue el libro de Corvalán cae en la cuenta que este componente tradicional-nacionalista estuvo hace mucho presente en Chile –desde inicios del siglo XX, como sostiene el autor– y que la violencia desatada en contra de un enemigo internono debió esperar la doctrina de Seguridad Nacional difundida en el contexto de la Guerra Fría. Así se puede constatar, de otro modo a partir de una anécdota referida por el poeta Armando Uribe en su ensayo “El Fantasma de la Sinrazón”:

 “Poco después del Golpe de Estado de 1973, el presidente Frei Montalva, que lo fue hasta 1970, le explicó así el 74 en Nueva York e un ex ministro suyo que era alto funcionario de Naciones Unidas: «Toda la historia de Chile consiste en evitar que los indios atraviesen el río Bío-Bío (la frontera de guerra con los araucanos); con el gobierno de Allende y la Unidad Popular, los indios lo atravesaron; ¡por eso se produjo el Golpe!»”.

 “El gobierno” es entendido como medio para la mantención de un orden natural puesto en peligro por un “enemigo” interno no-chileno, en este caso los salvajes, categoría que abarca desde aquellos que Frei llama “araucanos” hasta los comunistas y marxistas en general. He aquí el puntal de la lógica tradicional-nacionalista en su traducción chilena, en la voz que se supone más conciliadora y ecuánime de la historia política del siglo XX chileno.

De una facción de la elite que se resistía a la emergencia de las masas media y proletaria, a las mismas capas medias en su pugna política, para pasar a los sectores populares subalternizados, así me represento el trayecto de la ideología que con todo detalle aborda el libro de Luis Corvalán. Pero previo a ese trayecto está el momento de recepción de la lógica tradicional-nacionalista formulada –para martirio de sus sostenedores– foráneamente. Habrá que recordar en este punto la ironía que deslizaba Borges en “El escritor argentino y la tradición” (1951): «El culto argentino del color local es un reciente culto europeo que los nacionalistas deberían rechazar por foráneo». En efecto,  es impensable el trayecto ideológico de la elite chilena sin lo que el autor llama “la mutación cultural finisecular”, momento en que el pensamiento europeo –en un pliegue aristocratizante– se rebela en contra del liberalismo, la democracia, la política de partidos, el parlamentarismo, como de su doctrinarismo abstracto, racionalista y universalista. El diagnóstico es el de una civilización burguesa en decadencia, que da paso –en la vertiente predominante– a la reivindicación de las estructuras tradicionales (naturales, étnicas si se quiere), como también a posturas heterodoxas de un socialismo que ha revisado su composición ilustrada e incorporado elementos románticos, como la postulada por Mariátegui en que no se podía pensar la revolución sin la tradición (pero que no forma parte del objeto del presente libro).

Por mi particular ocupación –la filosofía de la historia– hay propuestas del presente libro que me provocan más que otras. El autor lo hace bastante explícito: la relación entre los postulados políticos del tradicionalismo y nacionalismo (tanto europeos como en su versión local) implican una particular concepción de la historia. Lo relevante en este punto es que todos vivimos teniendo como supuesto una idea (auque sea “mediana y vaga”) de la Historia, que actúa como matriz interpretativa de los acontecimientos y, en seguida, nos abre paso a las valoraciones que de ellos hacemos y a adoptar unas decisiones en vez de otras. La matriz general de tal concepción, como se sabe –y Karl Löwith fue el mayor sostenedor de esta tesis– nos viene de la cultura bíblica: un solo proceso, universal, con un inicio y un fin, un proceso cargado de sentido “si se lo considera moralmente”, como sostuvo León Dujovne, pues –pese a los vaivenes y pruebas- se impone la conciencia de que “el desarrollo de la vida de la humanidad conduce a un futuro ‘mejor’”.[1] Sabido es también que la concepción judeo-cristiana dejaba escaso margen (real, pues siempre se la reivindicó discursivamente) a la libertad humana tras la idea de Plan de la Providencia, versión temporal de la idea de Orden Natural que caracterizó al pensamiento político medieval. En este concierto el humanismo del quattrocento fue abriendo paso a la figura del hombre como sujeto agente y cognoscente, es decir como lector y constructor del mundo y de él mismo. No cabría pensar los procesos políticos autoconstituyentes sin el humanismo como sustrato. Según la interpretación de Alain Finkielkraut, la consigna revolucionaria francesa de una “igualdad” sin diferencias de títulos, funciones ni linajes significaba, más allá de lo evidente, que “todas las determinaciones empíricas se veían fuera del juego”. La nueva Nación francesa “nacía” –y valga bien esta redundancia– afirmando radicalmente la autonomía de sus “asociados” “liberándoles de toda adscripción definitiva”. “El poder mismo que soportaban hallaba origen y legitimidad en la decisión de vivir juntos y de concederse unas instituciones comunes”[2]y no por el mero cumplimiento de unas leyes que determinan el orden de la sociedad. Pero es este un “nacionalismo cívico”, ilustrado, libertario y humanista. Claramente no es el recurso al que echarán mano las clases dominantes.

Ante los ojos conservadores y tradicionalistas, los revolucionarios franceses reeditaban –pero ahora por mera voluntad y decisión– un pacto asumido por aquellos sectores como natural “en el origen de la sociedad”. Radical será la sentencia de Joseph de Maistre: “Una asamblea cualquiera de hombres no puede constituir una nación. Una empresa de ese género merece alcanzar un lugar entre las locuras más memorables”. La Nación no se “construye” sino que la “encontramos”, es ella quien nos constituye y, de acuerdo con esta conformación, adoptamos la legalidad más acorde con la Nación. La Nación guarda un cuerpo de leyes que preexisten a las leyes humanas. Tal como ha sostenido Althusser a propósito del componente tradicionalista-feudal de Montesquieu: “Si hay leyes antes de las leyes, se comprende que no hay ya contrato, ni ninguno de esos peligros políticos a los que arrastra a los hombres y a los gobiernos la sola idea de contrato”. Montesquieu “reemplaza por el contrato entre iguales, por una obra de arte humano, lo que los teóricos feudales atribuían a la naturaleza y a la sociabilidad natural del hombre”.

Lo que para mí resulta interesante a partir de los planteamientos de Corvalán es el planteamiento de dos preguntas: ¿cuánto de nuestra idea de la historia se halla a estas alturas anclada en postulados tradicional-nacionalistas? y ¿de dónde nos vienen y a qué nos predisponen como comunidad política? Esas frases sacadas del rumor de la calle, a las que aludía al comienzo, nos pueden ayudar a hacernos una idea. Otro tanto lo sabemos quienes nos dedicamos a la enseñanza de la historia en la educación secundaria e inicial universitaria, por nuestras dificultades diarias. Y es que este oficio –cuando de verdad se ejerce– adquiere la forma de un combate en contra del sentido común. El libro que hoy comentamos sin duda es una invaluable herramienta para esta ardua labor.

Pero permítaseme una última observación, ahora sobre el específico proceder historiográfico de Corvalán. Erudición y habilidad interpretativa, manejo de la historia factual y sólida formación teórico-filosófica, suelen ser cualidades que se encuentran por separado en el medio historiográfico chileno. O se es historiador o se es filósofo, sociólogo o cientista político. No nos es extraño el dato de que hasta el día de hoy en algunos centros académicos se descartan ciertos proyectos de tesis por considerarse más sociológicos, antropológicos, politológicos o filosóficos que propiamente historiográficos. Pero ¿qué podría ser la historiografía “a solas”, en el conservador concepto de sus defensores? Pues nada, o algo muy elemental. Tal como lo entendió Claude Levi-Strauss, no podría ser más que el ordenamiento cronológico de los hechos, es decir, la fase previa al trabajo de toda ciencia social. Pero frente a esta afirmación, que cimentó el prejuicio frente a la historiografía durante el predominio del estructuralismo, se levantaron “desde dentro” otras voces: las de aquellos que se formaron en la tradición de Vico, Hegel, Marx, Febvre y Bloch. En el concepto que Pierre Vilar recogió de Febvre, si la historia debe ser entendida como un conocimiento científico, lo es a semejanza de la medicina que reúne conocimientos necesarios de distintas ciencias para resolver sus problemas (que son siempre problemas de vida o muerte): “un médico no es un químico, pero ¿puede ignorar todo acerca de la química? […] Saber mucho es necesario para el especialista, comprender suficientemente los diversos aspectos de lo real resulta indispensable para aquel que se entrega a un esfuerzo de síntesis y es justamente este esfuerzo el que se le pide al historiador”. Concepto que sólo podría completarse en el siguiente planteamiento de Michel de Certeau (que es para mí una cita recurrente por su belleza): “El pasado es, ante todo, el medio de representar una diferencia. […] la figura del pasado conserva su valor primero de representar lo que falta. Con un material que, por ser objetivo, está necesariamente ahí, pero es connotativo de un pasado en la medida en que, ante todo, remite a una ausencia, esa figura introduce también la grieta de un futuro. Un grupo, ya se sabe, no puede expresar lo que tiene ante sí –lo que aún falta– más que por una redistribución de su pasado”.

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Como grupo de académicos de izquierda mantenemos desde hace un tiempo una reflexión acerca de la educación superior en Chile. En conocimiento de que otros colegas han estado preocupados por una problemática similar, y han elaborado trabajos al respecto, les invitamos, por medio de esta hoja a debatir en conjunto. Esperamos que este sea el embrión de una futura discusión que no dudamos será enriquecida gracias al debate. Por supuesto que para que este debate rinda frutos, debe incluir a todos quienes estamos por un nuevo sistema universitario, razón por la cual desde ya invitamos a contribuir en números posteriores a quienes entiendan la Universidad de manera no funcional al actual modelo económico. Esperamos que esta publicación sea un aporte para quienes vivimos con entusiasmo y espíritu crítico el quehacer universitario, y ojalá también ella contribuya a instalar en el ambiente académico una discusión que permita resolver profundas contradicciones que todavía se arrastran desde la dictadura, como son los problemas globales de la educación en nuestro país.

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