¿Es Karadima un “caso” o un síntoma generalizado?

Quien lea la entrevista concedida por el Cardenal Francisco  Errázuriz al diario El Mercurio del domingo 17 de abril de 2011, verá allí un cuidadoso esfuerzo por presentar lo ocurrido con el ex párroco de El Bosque, como un caso aislado, o como él dice, “un sacerdote es una persona de carne y hueso que también puede pecar”. Las estremecedoras declaraciones hechas por una de las víctimas, el médico James Hamilton, mostraban, en cambio, un panorama totalmente contrario, que obliga a dar al asunto un trato que excede al de mero caso.

Entrevista J. HAMILTON *TOLERANCIA CERO* 1 / 3

 El cardenal, al construir un relato acerca de cómo asumió las sucesivas denuncias de las víctimas, (las que todo el mundo ya conocía, por otra parte), sin preguntarse siquiera si pueden haber otras acusaciones, reduce enormemente el daño que a la  Iglesia, ha infligido el comportamiento criminal de Karadima. Otra es la versión del doctor Hamilton, quien en la emisión televisiva de “Tolerancia Cero”, habló de años de abusos, de lo que ocurre en los colegios católicos, tachando de conducta criminal las actitudes permisivas del propio Errázuriz, del obispo Arteaga, y de varios otros. Enjuiciaba con ello a toda una parte de la Iglesia, comprometiendo en particular a su jerarquía.

 Por eso creemos que esta situación tiene un contexto mucho más amplio y tiene que ver  con lo que ocurre en la Iglesia chilena en estos momentos.

 Hay en este asunto una parte evidente y casi normal, pues aunque la Iglesia católica se defina a sí misma como una, apostólica y romana, siempre ha sido una institución marcada por tendencias, posiciones y pugnas. Reflejar los signos del mundo ha sido en ella una constante desde sus orígenes. A pesar de la parábola de Cristo que recomendaba “dar al César lo que es del César”, la parte del César siempre ha invadido el terreno de lo eclesial. En América latina, desde un punto de vista político se pueden advertir claramente tres tendencias, una que vincula a la Iglesia con los poderes dominantes, en donde, salvo honrosas excepciones se encuentra la jerarquía. Otra, que ha venido cobrando cuerpo desde los años sesenta del siglo pasado, que tomó una opción por los pobres. En el medio  se encuentra una tercera posición de centro, que según los países oscila entre las dos tendencias antes enunciadas. En síntesis, si se puede hablar a propósito de la teología de la liberación de que el pueblo irrumpió en la iglesia, se puede decir también que la élite dominante la invadió y entró en ella desde que América latina, es América latina.

 La teología de la liberación fue un acontecimiento político que se produjo en la esfera de lo religioso y correspondió el momento cuando una parte de la Iglesia católica, se hace cargo de la miseria, de la necesidad de elaborar una doctrina social  que se propusiera liberar a los pobres de la forma degradante en que vivían. Antes de evangelizar había que intentar resolver los problemas de la gente.  Estas posiciones estuvieron representadas durante los años sesenta por teólogos tales como el peruano Gustavo Gutiérrez y el brasileño Leonardo Boff, entre otros. Más radicalmente,  Fray Beto habla de que son los pobres, el pueblo, quienes irrumpen en la Iglesia. Son dos versiones de un mismo fenómeno. En estas posiciones Influyeron claramente, además del impacto que causaba la miseria de los pueblos latinoamericanos,  la revolución cubana, la teoría de la dependencia, y el marxismo. La venida del Papa a Medellín, y la intervención ideológica que como el guardián de la fe hizo el actual Papa, en aquel entonces Cardenal Ratzinguer, tuvo como consecuencia que estas posiciones, a partir de ese momento, perdieran terreno dentro de la batalla, si se le puede llamar así, que estos teólogos y laicos dieron en el seno de la Iglesia para que ésta optara por los pobres. Sin embargo, la teología de la liberación vino para quedarse, y pasó a integrar, desde entonces, el pensamiento latinoamericano como una de sus partes constitutivas.

 Chile fue uno de los pocos países latinoamericanos en donde la teología de la liberación no se alojó. Si bien aquí hubo importantes movimientos que expresaban estas tendencias, como “La Iglesia junto al pueblo”, o “Cristianos por el socialismo”, no hubo de parte de la teología de la liberación un influjo semejante al que tuvo en otros países latinoamericanos. La jerarquía pudo mantener una posición centrista que trataba de impedir un desborde político popular en la Iglesia chilena, mientras los sectores ultraconservadores se hicieron presentes en ese momento con organizaciones tales como Fiducia, o Patria y libertad.

 Estos sectores, aunque entonces eran muy minoritarios, desde la dictadura comenzaron a prosperar, logrando hacerse hegemónicos. Son los mismos que se obsesionan en algunos aspectos como el aborto, o en tratar de impedir el uso de la “píldora del día después”, o en la condena al homosexualismo. Es el ambiente que hoy predomina, y cuya presencia e imposición agobian a la sociedad chilena. Su poder  se hace particularmente presente en la educación, tanto en la secundaria como la universitaria. Universidades de corte católico no son sólo las tradicionales, con las cuales se ha aprendido a convivir, aunque dicha convivencia no  fluya siempre de manera tranquila. También son católicas universidades que pertenecen al Opus Dei, como la Universidad de los Andes, u otras que pertenecen a los Legionarios de Cristo. El espacio físico y cultural que abarcan estos colegios y universidades se agranda y se va constituyendo en un poder enorme, que vincula la educación a lo ideológico, y que de esta manera contribuye a acrecentar y consolidar la existencia de una educación para ricos y otra para pobres, de marcada diferencia social entre una élite gobernante y una inmensa masa desposeída que apenas vive con un  centenar de miles de pesos.

 Son sectores católicos vinculados desde siempre con la oligarquía chilena, que no han abandonado la escena política y que desde la dictadura funcionaron como cemento ideológico en la trenza que entonces se tejió entre el poder militar de la dictadura, el gremialismo de Jaime Guzmán y las doctrinas económicas neoliberales de los “Chicago boys”. Hoy es este mismo sector más reaccionario de la Iglesia católica chilena, el que se hace presente a raíz del escándalo que han suscitado los abusos a menores imputados al párroco de El Bosque, Karadima. No se trata de un caso aislado, la pedofilia comienza a ser un mal que corroe desde dentro a la Iglesia católica en el mundo. Pero aquí en Chile es una mezcla viscosa que anuda la posesión de dinero, uso y abuso del poder, con imposiciones y represiones ideológicas y doctrinales.

 Por eso, lejos de considerarlo como un caso aislado, o una anécdota grotesca y trágica a la vez, pensamos que más bien es un síntoma generalizado de un poder que cada día se amplía más, sin control ni medida, y es el poder de la riqueza y el dinero en Chile.

{ Para descargar e imprimir el presente Cuaderno de Educación nº16 Hacer clic aquí  }

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s