La Crisis del Sistema Educativo en Chile. Por Pablo Torres Costa

Cuando nos referimos a la educación en Chile nos estamos acercando a un tema sin duda complejo y un tanto escabroso, pero cuando hablamos de educación pública, estamos frente a un tema no sólo complejo sino que incluso caricaturizado, trastrocado, demonizado y malentendido; basta con mirar la televisión y nos daremos cuenta que el problema de la educación pública se reduce a un jarro de agua y a la satanización de los estudiantes que piden un mínimo compromiso de nuestras autoridades frente a la educación, a la supuesta mala calidad de los docentes que ni siquiera se quieren evaluar y, en el mejor de los casos, a la responsabilidad que les compete a los sostenedores.

Al parecer hablar hoy en día de la responsabilidad y compromiso del Estado para con la educación suena a discurso añejo o anacrónico. No obstante, existe un único punto de encuentro: la educación chilena está en crisis. No obstante, dicha crisis también se interpreta de muchas formas. A través de estas breves líneas, pretendo referirme a la crisis del sistema educativo chileno desde una perspectiva crítica como docente de aula.

A raíz de las diversas movilizaciones de los últimos años se ha instalado la percepción de que el problema principal de la educación chilena radica en su deficiente calidad; lo cierto es que la calidad de la educación ha sido motivo de debate y controversia partiendo por el carácter polisémico del término. Ofelia Reveco[2] nos plantea que sería más conveniente hablar de cualidades de la educación más que de calidad, término que proviene del paradigma racional-positivista. Por su parte, Marco Raúl Mejía[3] nos señala la importancia de entender la evolución del concepto del derecho a la educación y los fines de la misma.

El proyecto educativo de la modernidad asignaba a la educación el papel de producir la nueva igualdad social gestada en el acceso cultural como fundamento de la sociedad y en este contexto la escuela pública cumplía un rol democratizador, entregando competencias sociales para la integración a procesos colectivos de construcción del Estado. Hoy en la sociedad neoliberal, la educación busca una cualificación individualista para la competitividad, desintegrando los elementos colectivos del derecho al trabajo y a la educación.

Lamentablemente esto ha transformado los conceptos de solidaridad, fraternidad y convivencia, generando una lucha por el acceso y la mantención en el sistema educativo. Es así como hoy prima la idea de los estándares mínimos para poder insertarse en la sociedad globalizada, avanzando en la construcción de competencias individuales para insertarse en el mercado, privatizando la formación del capital humano. De esta forma se eleva al mercado como un valor central, subordinando todos los derechos y accionar humano a su actuar, promoviendo la formación de un sujeto consumidor, competitivo e individualista. Los viejos valores de la humildad y la solidaridad dan paso a la ostentación y al individualismo.

 

Será con este modelo de sociedad con el que se elabora y define el currículum actual, tensionando las instituciones y la práctica pedagógica y sucumbiendo ante sistemas estandarizados que miden lo cognitivo como valor insustituible para competir en el mundo globalizado.

Es así como la actual crisis del sistema educativo en Chile responde a la imposición del modelo capitalista neoliberal; es en este marco que deja de ser un derecho de todo ciudadano y un deber del Estado, el cual asume débilmente un rol regulador, convirtiendo a la educación en una mercancía sometida a criterios de eficiencia y competitividad. Así también se ha fragmentado y segmentado el sistema, aumentando el desequilibrio y debilitando la educación pública (en la actualidad existen decenas de instituciones privadas  de educación superior y más del 40% de la población escolar también pertenece a este sector). Incluso se han transformado los objetivos de la educación en relación con la institución que la imparte, respondiendo a las necesidades del mercado más que a las necesidades del país. De esta forma el concepto de calidad asume un rol utilitarista.

En definitiva tenemos un modelo que no fomenta valores como la libertad, la solidaridad, los derechos humanos y el bien común, sino que se orienta a formar individualidades sin capacidad de análisis ni de crítica. Las reformas y programas  desarrollados por los gobiernos de la concertación han seguido esta línea y no han tenido ningún éxito; no existe una educación integral, y la supuesta calidad se establece a través de sistemas estandarizados (SIMCE-PSU-CNAP); de esta forma es que tenemos una crisis de calidad aun desde la visión del sistema imperante.

Otro objetivo, desde la perspectiva del gobierno, sería la equidad, pero podemos ver que ésta se ha limitado a la cobertura; sin embargo existen diferencias significativas entre una institución y otra, con un efecto inverso entre la apreciación de la educación básica y media, donde se asume una mejor calidad en las instituciones subvencionadas y privadas, y por otra parte, la apreciación de la educación superior, en donde son las públicas las que se llevan la mejor evaluación. Pero en definitiva podemos decir que en la actualidad se cuenta con el acceso a la educación pero no con la calidad, la cual queda sólo para unos pocos.

Por último, existe una crisis de segmentación social en el sistema educativo, fenómeno que algunos han comenzado a denominar “apartheid educativo”… Basta con pensar que en Chile existen cinco sistemas cerrados y excluyentes de administración de la educación primaria y secundaria, y en otros cuatro sistemas regidos por las crudas leyes del mercado en la educación superior. En palabras del informe elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico del año 2004, el sistema educativo chileno está ”conscientemente estructurado por clases sociales, fomentando las desigualdades de los estudiantes”[4].

La única manera de superar estos serios problemas es fortaleciendo el papel del Estado y de la educación pública; porque la calidad y la libertad de enseñanza implica entender a la educación como un factor de progreso que favorezca la formación de sujetos activos para el desarrollo de una sociedad democrática y sustentable, concibiendo la educación como un derecho y no como una mercancía que puede estar entregada al juego del libre mercado.

Podemos plantear que es un imperativo moral fortalecer la educación pública, pero la generación de un proyecto de fortalecimiento va más allá de la cobertura material del derecho a la educación, también debe integrar a la diversidad social en un proyecto común, es así como el Estado no puede desentenderse de este gran desafío. La educación pública representa un proyecto ético guiado por la responsabilidad y la integración social en la búsqueda de un Chile más justo e igualitario. De esta manera llamamos primero a redefinir el rol del Estado en la educación chilena y después, a preocuparnos de otros aspectos que a la luz pública parecieran ser trascendentales.

 


[1] Profesor de Historia y Ciencias Sociales.

[2] “Asumimos muchos conceptos sin mayor cuestionamiento”, Análisis crítico de las reformas educativas en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, Revista Docencia Nº28, mayo 2006.

[3] “Cambio Curricular y despedagogización de la educación”, reviste Docencia Nº28, mayo 2008.

[4] OCDE (2004) “Revisión de las políticas nacionales de educación”, Chile, febrero, 2004.

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Como grupo de académicos de izquierda mantenemos desde hace un tiempo una reflexión acerca de la educación superior en Chile. En conocimiento de que otros colegas han estado preocupados por una problemática similar, y han elaborado trabajos al respecto, les invitamos, por medio de esta hoja a debatir en conjunto. Esperamos que este sea el embrión de una futura discusión que no dudamos será enriquecida gracias al debate. Por supuesto que para que este debate rinda frutos, debe incluir a todos quienes estamos por un nuevo sistema universitario, razón por la cual desde ya invitamos a contribuir en números posteriores a quienes entiendan la Universidad de manera no funcional al actual modelo económico. Esperamos que esta publicación sea un aporte para quienes vivimos con entusiasmo y espíritu crítico el quehacer universitario, y ojalá también ella contribuya a instalar en el ambiente académico una discusión que permita resolver profundas contradicciones que todavía se arrastran desde la dictadura, como son los problemas globales de la educación en nuestro país.

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