Allende: entre el olvido y la vigencia. Por Osvaldo Fernández Díaz

Hace cinco años la sociedad chilena pareció recuperar de pronto la memoria respecto del presidente Salvador Allende. Se conmemoraba el 30 aniversario de la Unidad Popular y en medio de reportajes televisivos que se sucedían, de entrevistas y encuentros, de homenajes y actos de conmemoración, emergió brusca y porfiada la verdad, y esa verdad empezó a hacerse conciencia y habitar entre los chilenos. Hasta tal punto se había llegado en el esfuerzo por hacer opaco el momento histórico de la Unidad popular y la figura que lo representaba, que el silencio resultó siendo abrumador. De hecho era inexplicable que el olvido se hubiera prolongado más allá del tiempo que duró la dictadura, y la opacidad terminara formando parte de aquella opresiva herencia que esta dictadura nos dejara como una rémora que aún perdura en nuestras instituciones, en nuestro quehacer político; que falsea nuestro lenguaje e impide la transparencia en nuestro quehacer político, perpetuándose a través del modelo económico que en ese entonces nos fue impuesto.

Se comenzó por desvirtuar su muerte, entregando versiones distintas y confusas al respecto. Se le enterró secretamente, manteniendo oculto el lugar de su sepultura. Se desvirtuó su conducta y  su vida personal. El operativo destinado a rebajarlo llegó, en los primeros días de la dictadura, hasta lo ridículo. La ideología del golpe militar quería hacer de Salvador Allende la imagen del anti-héroe y se empeñó, a través de un esfuerzo inútil, en borrar de la memoria de los chilenos lo que había sido la Unidad popular y su Gobierno.

Pero no sólo el silencio fue impuesto. También se trataba de travestir la verdad, de adulterar los hechos. Con tal propósito se afanaron por cortar la historia en dos, invirtiendo las dos fases del proceso. Y así el crimen y el criminal pasaron a ser lo justo y la víctima, el culpable. Mientras el período del gobierno popular fue convertido en un momento negativo de puro caos, el golpe de estado, cuyos sangrientos rasgos recién estamos conociendo en toda su amplitud, y que interrumpió violentamente el proceso popular, se lo llamó y designó, por el poder que se instala desde ese instante, como un momento de “liberación del comunismo”. A este acto de inaudita saña se le inventó el nombre de “pronunciamiento”, y al mismo tiempo se prohibió usar la palabra “golpe”. Aún hoy las palabras “dictador”, “dictadura”, “golpe de estado”, “tortura”, tienen sus reemplazantes con formulaciones eufemísticas. Así la tortura pasó a ser un “apremio legítimo”.

 

Siguiendo los preceptos de la Doctrina de la Seguridad Nacional, se inventó un enemigo interno y el pueblo de Chile fue invadido por sus propios soldados. La cabeza de la asonada militar se adjudicó el nombre de “Junta”, en afán de legitimación, asimilándose así a aquel momento de la Independencia, tiempo fundador de la República de Chile, cuya existencia este mismo golpe de Estado de 1973 suprimía. A la traición se la llamó patriotismo, y los militares se auto-proclamaron los médicos que venían a sanar a una sociedad enferma, repitiendo las palabras que dijera aquel general franquista a las puertasde Barcelona, antes de la masacre final.

La instalación de este estado de amnesia generalizado fue dando dividendos políticos: permitió, a la larga, que en Chile la derecha lograra que la imagen siniestra del dictador de los primeros días fuera poco a poco blanqueándose. Así como el dinero sucio se “lava”, el dictador fantoche de anteojos oscuros de los primeros tiempos del régimen militar pasó a convertirse, para los chilenos, en la figura del « tata » o abuelo gentil, semejante a las últimas imágenes de Porfirio Díaz, aquel otro dictador que provocó el inicio de la revolución mexicana. Decimos “para los chilenos”, porque en Chile fueron necesarios los años y todos los recursos de la represión para el logro de semejante empresa. En cambio, en el mundo, la asimilación de Pinochet a Hitler nunca cambió. Su popularidad negativa, que se revigorizó con su arresto en Londres, es una prueba fehaciente de lo que estamos diciendo. Los millones gastados en una cosmética comunicacional destinada a exportar la figura del “tata” a Londres y Europa fueron vanos. Era incluso grotesco, en esos días del arresto, que mientras el cable hablaba del dictador, aquí en Chile la televisión y la prensa seguían tratándolo de “Señor presidente”.

Por eso mismo, durante años, esta oposición entre memoria y olvido se convirtió en un contraste inevitable, no sólo histórico sino también espacial,  alcanzando una configuración  geográfica, diferenciando los criterios entre un Chile en cuyo interior se imponía la dictadura en la vida nacional, y un exterior en donde la solidaridad internacional y el exilio se encargaron de mantener intacta la verdad de lo que realmente pasó y pasaba en Chile. Se vivió entonces una extraña situación, que fue más flagrante en el comienzo del periodo post-dictadura. Tanto el chileno que retornaba del exilio, o el extranjero que visitaba nuestro país, que venían cargados de una memoria histórica, encontraban ante sus preguntas un muro de silencio. El exilio había pasado a ser memoria y el interior de Chile, olvido. Por eso no se entendían. Pues los que sí sabían todo y usaban el lenguaje de la verdad, no podían hablar.

Por eso me parece que estos días de recuerdo y conmemoración, con ocasión de cumplirse los cien años del nacimiento de Allende son muy importantes, tanto para Chile como para el exilio, para que la verdad, que ahora pugna por emerger de todos lados, pueda volver por sus fueros. Por lo pronto es esta una posibilidad de sanar definitivamente esta fractura. Al parecer es lo que está ocurriendo, pues recordar, en este caso, no es mera nostalgia. Si no avanzamos recuperando la memoria, la perspectiva se hace unilateral. Esto, por otra parte, es inevitable, en primer lugar, porque la memoria histórica es obstinada, y la verdad terminará por abrirse paso atravesando la espesas capas de ocultamiento, mostrando a plena luz quién era realmente el traidor y quién el héroe. Quiénes los victimarios y quiénes las víctimas.

En este sentido, la diferencia ha comenzado a ser elocuente. De un lado, una figura que ha venido elevándose con el tiempo, y del otro, un ser turbio, que se empequeñece cada vez más en la mentira. Es una forma casi plástica el cómo la verdad ha venido emergiendo desde las sombras del recuerdo amurallado. Porque la verdad viene siempre junto con el conocimiento, y conocer es reconocer. Es decir, recorrer de nuevo a través de la memoria los trayectos de la realidad ya asentados. Por eso los actos que se prevén a propósito del centenario no han de quedarse en el puro homenaje. Este ha sido un momento de verdad. Lo otro es reconocer lo que estuvo allí en germen, potencialidad que también es nuestra, y forma parte de  nuestra verdadera y real herencia.

El gobierno de Allende fue el genial borrador de un socialismo posible y chileno. El gobierno de la Unidad popular, en tanto oferta socialista, tuvo de inmediato la doble dimensión nacional y mundial que sigue teniendo hasta el día de hoy. Se trataba de un socialismo distinto, alternativo al socialismo que por entonces funcionaba como paradigma mundial. Había sido una “creación heroica”, tal como la había propuesto Mariátegui; algo que nacía desde Chile, de manera indo-americana. Era la manera como Chile había traducido para su propio suelo la experiencia de la revolución cubana. El allendismo no fue un movimiento populista. No consistió en una multitud tras un jefe carismático, provisto de un discurso demagógico, como ocurrió en América Latina durante las décadas de los años 30, 40 y 50 del siglo pasado. Varias diferencias separan radicalmente la experiencia de la Unidad Popular de aquel momento populista. Diferencias que no sólo imprimen al allendismo un claro contenido revolucionario, sino que explica, además, que haya sido la creación de una alternativa nueva de socialismo, que fue emergiendo de la historia de Chile y de la historia del movimiento popular chileno, que en tanto socialismo, proyectó lo que el gobierno construía, como otra alternativa posible frente a los socialismos ya existentes.

En vez de la multitud confusa de los populismos, que actúa atraída por el discurso demagógico de un líder, en este otro caso se trataba de una voluntad colectiva, nacional y popular, que a través de una amplia alianza política había venido organizando y reorganizándose, recomponiendo en el curso del tiempo, y en razón de las diferentes coyunturas históricas, este movimiento popular.

El resultado se consolida pocos años antes del triunfo de 1970, donde culmina en una alianza política pluralista, compuesta en el plano ideológico de una matriz marxista liderada por socialistas y comunistas, junto a sectores cristianos radicalizados y otros de corte más liberal. No era ni fue el gobierno de un partido único. En lo social, la matriz era ciertamente obrero campesina, que había sabido permeabilizar sectores medios ganándolos para una lucha. En este mismo plano, y en lo que se refiere a las masas, la unidad popular ya desde mucho antes había sabido ganarse a sectores sociales nuevos y emergentes, como el de pobladores, las organizaciones de mujeres y de campesinos, que hasta entonces habían sido sus flancos débiles. En la lucha por profundizar las reformas emprendidas por el gobierno demócrata-cristiano, estos sectores habían adquirido hábitos y normas de organización que se desarrollaban paralelas y a veces en contra del bloque de poder que actuaba “por arriba”, y que al promoverlos sólo les pedía apoyo. Desde entonces esta masa que había creado distintas formas y tipos de movimientos, como el de pobladores, de los jóvenes, de los campesinos, y de las mujeres, había venido actuando organizadamente junto al movimiento sindical dirigido por la CUT. Todos estos movimientos sindicales, de pobladores, juveniles, fueron transformándose poco a poco en una voluntad política que en ese entonces, y respecto del gobierno de la Unidad Popular, se constituyó como su sujeto histórico.

En el plano de las reformas estructurales el gobierno de la Unidad Popular, que fue la forma estatal que asumió el allendismo, a través de una política de nacionalizaciones, reforma agraria y universitaria, planificación y establecimiento de las áreas de la economía, prolonga, consolida y supera las emprendidas y realizadas por el gobierno de Frei en 1964. Es decir, desde Frei hasta Allende hubo un enorme paso adelante en el sentido de profundización de las medidas estructurales.

 

Son estos sectores, tradicionales y nuevos del movimiento popular chileno, su forma de acción vinculada a la de los partidos políticos que componían la Unidad Popular; la dialéctica que supieron crear en correspondencia con lo que hacía o pedía de ellos el gobierno (la batalla de la producción, por ejemplo), los que conforman y le dan sentido histórico al concepto de protagonismo. En el momento del gobierno de Allende, se había avanzado enormemente respecto de la masa cautivada por el discurso demagógico de los años populistas. Estábamos en presencia de un pueblo al tanto de las medidas concretas que se estaban proponiendo y que las apoyaba e incluso empujaba hasta el límite de sus posibilidades, acción que llevó a ciertos excesos, que formaban parte del riesgo que la naturaleza del proceso implicaba. Se estaba generando una nueva relación entre dirigentes y dirigidos, destinada a reemplazar la oligárquica oposición entre dominantes y dominados. El conjunto de estas medidas económicas y sociales, la instalación y asentamiento de estas dialécticas, la variedad social, política e ideológica de esta masa, así como la variedad organizativa y la forma que adquiere la relación entre la sociedad civil con el Estado es lo que define el carácter revolucionario, socialista de lo que se construía y la razón del  interés mundial que suscitaba.

Años han pasado desde entonces. Años para que la verdad estalle a plena luz del día. Muchos años, aunque suficientes para que aquellos los que la negaron, desilusionados ahora de una renovación que no fue tal, vuelvan a recordarlo. Durante este tiempo, su valor mundial se ha agrandado hasta hablar de su vigencia más allá de una mera retórica de homenaje. Este centenario es la ocasión, entonces, para que su pensamiento se vuelva a actualizar y la pregunta por su vigencia se vuelva a plantear en torno a nuestros actuales problemas, tan urgentes como lo siguen siendo el protagonismo popular y la utopía de una sociedad más justa. Allí, en la experiencia de su gobierno, subyacen también aportes para encontrar un nuevo sentido del concepto de socialismo.

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Como grupo de académicos de izquierda mantenemos desde hace un tiempo una reflexión acerca de la educación superior en Chile. En conocimiento de que otros colegas han estado preocupados por una problemática similar, y han elaborado trabajos al respecto, les invitamos, por medio de esta hoja a debatir en conjunto. Esperamos que este sea el embrión de una futura discusión que no dudamos será enriquecida gracias al debate. Por supuesto que para que este debate rinda frutos, debe incluir a todos quienes estamos por un nuevo sistema universitario, razón por la cual desde ya invitamos a contribuir en números posteriores a quienes entiendan la Universidad de manera no funcional al actual modelo económico. Esperamos que esta publicación sea un aporte para quienes vivimos con entusiasmo y espíritu crítico el quehacer universitario, y ojalá también ella contribuya a instalar en el ambiente académico una discusión que permita resolver profundas contradicciones que todavía se arrastran desde la dictadura, como son los problemas globales de la educación en nuestro país.

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