¿Qué socialismo del siglo XXI? Por Osvaldo Fernández Díaz

«Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetar la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado actual de cosas. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente…»
Carlos Marx, Federico Engels , La ideología alemana.

«El socialismo no es, precisamente, un problema de cuchillo y tenedor, sino un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo…»
Rosa Luxemburgo, Carta a Fram Mehring

«”No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano.»
José Carlos Mariátegui.

I

Pese a su popularidad, la pregunta parece mal formulada puesto que nos lanza de bruces hacia adelante y toda la reflexión acerca del socialismo se ve empujada hacia cualquiera utopía futura. Marx insistió enfático en el presente de la pregunta; en que las «condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente». Lo que corresponde, entonces, es quizás preguntar por las razones actuales de su ausencia en los discursos. De lo abismal que ella comporta, al punto que por ahora sólo podemos responder con utopías, mitos, o espejismos. ¿No será mejor pensar que el concepto que se tenía de socialismo hoy se percibe como anacrónico e inactual? Anacrónico en primer lugar en tanto pertenecía a una etapa que fracasó y quedó atrás a causa de la implosión de la URSS y al derrumbe de buena parte del mundo hasta entonces socialista. Ahora mirando hacia adelante, es inactual en tanto se sitúa en un momento de la historia del cual estamos, al parecer todavía muy lejos, y el concepto si algo quiere decir en estos momentos, es dar nombre a una meta utópica, como en una época lo fuera el mito de la huelga general. Luego, desde un punto de vista actual y concreto, no estamos en condiciones de visualizar claramente el momento del socialismo. Es en estos términos que pensamos por ahora nuestra reflexión acerca de cómo construir un concepto posible de socialismo que sea viable para el siglo XXI. Debemos partir del hecho de que no sólo el concepto de socialismo que vayamos a crear deberá ser diferente del que hubo. También deberá ser diferente la forma cómo se llevará a cabo el proceso de su construcción.

II

Mariátegui, después de declarar que el socialismo no era, ciertamente, una doctrina indo-americana, porque ninguna doctrina, ningún sistema contemporáneo lo es ni puede serlo, dijo al respecto: «No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indo-americano. »

Mediante esta afirmación, Mariátegui rompía con el paradigma que en esos momentos era plenamente vigente, afirmado por toda una institución que era la III Internacional Comunista y un modelo de socialismo desarrollándose en una parte del mundo. Su mirada se empecinaba, más bien, en la especificidad de la nación. Por eso mismo, cuando presionado por las circunstancias, se ve ante la necesidad de crear un partido, no es el Partido Comunista el que crea, sino el Partido Socialista del Perú. Un partido que concebía distinto y diferente, tanto del que había creado Haya de la Torre, como del que preconizaba la Tercera Internacional. Un partido que debía emerger desde abajo, desde la específica realidad peruana. Postulaba, de esta manera, el primado de lo específico de la nación peruana, peruanidad que estaba por hacerse y que debía ser un proceso de creación original. Hasta tal punto el socialismo debía ser una obra de creación afincada en la propia realidad peruana, que Mariátegui llega a afirmar que sin el indio no habrá socialismo en el Perú. Para dar cuerpo a estas alternativas ponía a prueba la teoría. Por eso, su concepción del marxismo también salía de la órbita del marxismo por ese entonces oficial:

«El marxismo del cual todos hablan pero que muy pocos conocen y, sobre todo, comprenden es un método fundamentalmente dialéctico. Esto es, un método que se apoya íntegramente en la realidad en los hechos. No es, como algunos erróneamente suponen un cuerpo de principios de consecuencias rígidas, igual.es para todos los climas históricos y todas las latitudes sociales. Marx extrajo su método de la entraña misma de la historia. El marxismo, en cada país, en cada pueblo, opera y acciona sobre el ambiente, sobre el medio, sin descuidar ninguna de sus modalidades.»

III

Una verdad que surge incontestable en las actuales circunstancias es que ya no hay paradigmas. El socialismo debe ser en Chile, en América Latina y en el mundo, algo que surja desde abajo, desde nuestra propia especificidad. Es preciso, por lo tanto, invertir el proceso: ya no se trata de aplicar un modelo, sino de un proceso que emerge desde la realidad histórica misma. No olvidemos que el socialismo anterior era un esquema universal, un modelo casi independiente de lo que esa realidad decía. Luego, si algo ha quedado en claro, después de todo lo ocurrido, es que no hay en estos momentos un modelo para el socialismo. Pero hasta aquí llega lo que podemos afirmar con una cierta seguridad, pues de inmediato se nos viene encima la pregunta acerca de qué estamos hablando cuando hablamos de especificidad.

Hoy nos enfrentamos a un capitalismo que ha globalizado las relaciones sociales y económicas a un nivel mundial. Estamos ante los efectos de una tercera revolución industrial, que ha llevado al capitalismo a la etapa que Marx definió como la de la subsunción real de! trabajo al capital. Por lo tanto hoy en día está más abierta que nunca la pregunta acerca de lo que esta realidad específica significa. ¿Se trata de la nación o tiene una dimensión mucho más amplia, llegando así a lo regional de la realidad latinoamericana? ¿O debemos pensar en el socialismo dentro del actual contexto de la globalización? ¿Puede lo local enfrentar a lo global? ¿Se ha globalizado el mundo en el plano político, tal como lo ha hecho en el plano de las comunicaciones y la economía?

La pregunta que debemos hacernos, entonces, es si al hablar de la especificidad y el socialismo habría que pensar acerca de cuáles son las dimensiones en que anclan ambos conceptos. Para Mariátegui era la realidad indígena peruana. Pero hoy, si hablamos de una especificidad nacional, ¿estamos aludiendo con ello al menguante Estado-nación? Con el agravante de que en América Latina nunca han coincidido Estado y nación. Luego de la Independencia, primero fueron los estados y después vinieron, si es que vinieron, las naciones. Visto el continente desde una perspectiva nacional, el mapa que quedaría sería muy diferente al que ahora tenemos. ¿No habrá que pensar el problema y la pregunta acerca del socialismo más bien en términos globales? Ahora todo es diferente, aunque persista un rasgo por el cual insistimos en el concepto -y que va a vincular lo que concibamos como socialismo con lo que anteriormente se pensó- y esto es su esencia anticapitalista. El socialismo supone el fin o superación de la realidad capitalista. Es esta una segunda afirmación en que podemos apoyarnos. Pero aún estamos en una fase del proceso en donde lo nuevo se asoma apenas en el desgaste de lo antiguo. Las fisuras del neoliberalismo abren nuestras propias posibilidades. El socialismo continúa vigente porque “el fin de la historia” que anunció la embestida neoliberal no sólo no se ha cumplido sino que las cosas han empeorado. En vez de establecer una relación armónica con la naturaleza, la ausencia de políticas ambientales ha empeorado la situación. En vez de resolver la precariedad de la vida, el neoliberalismo la ha ido haciendo cada día más universal. Las guerras, las enfermedades y el hambre han aumentado e inundado el mundo. Ya no hay mundos de primera y segunda clase: el tercer mundo se ha instalado y cohabita en los suburbios del primero.

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Como grupo de académicos de izquierda mantenemos desde hace un tiempo una reflexión acerca de la educación superior en Chile. En conocimiento de que otros colegas han estado preocupados por una problemática similar, y han elaborado trabajos al respecto, les invitamos, por medio de esta hoja a debatir en conjunto. Esperamos que este sea el embrión de una futura discusión que no dudamos será enriquecida gracias al debate. Por supuesto que para que este debate rinda frutos, debe incluir a todos quienes estamos por un nuevo sistema universitario, razón por la cual desde ya invitamos a contribuir en números posteriores a quienes entiendan la Universidad de manera no funcional al actual modelo económico. Esperamos que esta publicación sea un aporte para quienes vivimos con entusiasmo y espíritu crítico el quehacer universitario, y ojalá también ella contribuya a instalar en el ambiente académico una discusión que permita resolver profundas contradicciones que todavía se arrastran desde la dictadura, como son los problemas globales de la educación en nuestro país.

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